ALGUNAS PREGUNTAS SOBRE POESÍA (I)

1. ¿Por qué canta el poeta?

Antes de ensayar una respuesta a esta pregunta, es pertinente matizar el empleo del verbo “cantar”. En este caso, no se entiende como un uso instrumental de la voz humana para articular palabras de forma melódica, sino como una sinécdoque de todo el género de formas de producción poética: declamación, escritura, disposición gráfica, estado de trance sobrenatural, etc. Ahora bien, la pregunta fundamental que subyace al canto del poeta es la misma que está detrás de todo acto de lenguaje: ¿por qué decir y no más bien callar? El impulso elemental de toda creación, no sólo la poética, proviene del mismo sitio que nuestra necesidad por articular el pasado: el peligro latente de la pérdida de una memoria. Afirma Walter Benjamin que esta articulación “significa apoderarse de un recuerdo tal como fulgura en el instante de un peligro (Gefahr)” ¿Cuál es este peligro? Benjamin articula la respuesta en términos del materialismo histórico: “convertirse en instrumento de la clase dominante”[1].

La proliferación de la idea del arte por el arte mismo desde finales del siglo XIX provocó que se entienda la figura del poeta como un ser que gravita en torno al centro de la autenticidad ideal del arte al tiempo que es arrastrado por las fuerzas centrífugas de la inercia de lo prosaico. Asimismo, estableció la noción del poeta como un ser que necesita alejarse de lo político y lo económico, que representan lo mundano por antonomasia, y profesar esa forma moderna del ascetismo purificador llamada bohemia. Por este motivo, se nos aparece ilusoriamente la figura del poeta como un ser tan alejado de ideologías, razones instrumentales y fuerzas de dominación.

El narrador al igual que el poeta lírico responde al imperativo de la salvación: es necesario resguardar la memoria de lo que ha pasado y de quienes han pasado. La tradición literaria es, en este sentido, la contraparte lingüística de nuestra lucha contra el olvido de nuestros muertos. Al igual que encontramos un consuelo de nuestra propia mortalidad en la preservación de la memoria de los difuntos, también la preservación de sus voces nos asegura la persistencia de nuestra propia voz, una vez extinta en el silencio de la muerte. La idea es que nuestro canto nos permita “no morir del todo”, tópico horaciano que ha sido actualizado de forma magistral por nuestro Manuel Gutiérrez Nájera:

¡No moriré del todo, amiga mía!
De mi ondulante espíritu disperso,
algo en la urna diáfana del verso,
piadosa guardará la poesía.

La poesía permite la preservación de algo de nuestro espíritu finito. Sin embargo, ¿para qué verterlo en la “urna diáfana del verso” y no más bien en la transparente garrafa de la prosa? ¿Por qué cantar la memoria del pasado que peligra ser olvidada y no simplemente contarla? La respuesta está en aquel adagio que brilla de tan gastado: una imagen que vale más que mil palabras.

El relato se vale de un entramado de palabras y sus significados para dar cuenta de una memoria, un recuerdo o una emoción. Este entramado de palabras tiene como fin mostrar el modo en cómo ocurrieron los hechos que conforman lo que fue, era, hubiera sido o incluso lo que será. La poesía, por otro lado, se vale de la materialidad de las palabras para conformar una constelación de imágenes que por sí mismas despliegan mundos de significación. El relato utiliza el lenguaje para mostrar lo que ha sido; el poema despliega el lenguaje para hacer ver lo que fuera, en un mundo posible donde el lenguaje puede actuar como si fuera realidad y la realidad, por su parte, como si fuera lenguaje.

El límite del relato está en su dependencia del testimonio, el cual necesariamente implica la supervivencia de una voz. Sin embargo, aquellas voces que se apagaron sin dejar testimonio son imposibles de relatar. Resultan inenarrables. Es allí donde reside el poder de la imagen poética: en su capacidad de resaltar la materia de la que está hecho el lenguaje (tinta, sonido, nota musical, etc.) y emplearla para hacer ver objetos imposibles, también nos permite vislumbrar las voces que nunca fueron recogidas en el torbellino de la historia.

Baste escuchar como Gilgamesh, ante la muerte de Enkidu, su rival y único amigo, llora:

Cuando muera, ¿no seré como Enkidu?
El espanto ha entrado en mi vientre.
Temeroso de la muerte, recorro sin tino el llano.

La angustia humana de Gilgamesh despliega nuestra imaginación y nos permite iluminar, darle cuerpo y voz a las angustias de hombres que habitaron este mundo en tiempos tan remotos. De modo semejante canta el rey Nezahualcóyotl:

Nadie esmeralda,
nadie oro se volverá,
ni será en la tierra algo que se guarda:
Todos nos iremos
hacia allá igualmente;
nadie quedará, todos han de desaparecer;
de modo igual iremos a su casa.

Poco sabremos de cómo se asombraron los antiguos mexicanos ante el esplendor extraordinario de las obras de arte hechas de plumas preciosas –aunque narradores como Álvaro Enrigue nos permitan vislumbrarlo en sus obras. Sin embargo, tendremos la certeza de que su lengua les permitió cantar, igual que a los sumerios, a Jorge Manrique, John Donne, y tantos más, sobre la única y más auténtica penuria que, parafraseando a Paz, nos vuelve contemporáneos de todos los hombres.

2. ¿De dónde le viene ser poeta a quien canta?

En el momento en que reconocemos que unas palabras son poesía y no tan solo un sinsentido, en ese momento otorgamos a quien las dice la investidura de poeta. Por ejemplo, hojeo un pequeño poemario de color pastel donde una voz canta:

Flotando en el espacio
mi cama de agua
plátano, luna llena
y sábana amarilla de sol.

Leo la contraportada y descubro que aquellos versos fueron escritos por una niña de nueve años llamada Carolina Becerra. En aquellos poemas noto el apremio de cantar un asombro límpido ante las cosas más inmediatas. Recuerdo que José Juan Tablada depuró su poesía durante décadas y tuvo que viajar, al menos literariamente, hasta el otro lado del mundo, para poder dar con una mirada semejante:

Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla…

¿Admite este asombro pueril el nombre de poesía? Al menos en los términos que hemos tratado aquí, la respuesta es sí. El imperativo de cantar el asombro tiene que ver con ese impulso casi fisiológico que sentimos por capturar la inmediatez de algo que se nos revela de manera extraordinaria. No es distinta de la sensación de riesgo que percibimos ante una memoria preciosa amenazada por el olvido. Al final de cuentas, tanto en el poema de Carolina Becerra, la poeta niña, y José Juan Tablada, apodado por Paz “nuestro poeta más joven”, se recupera el poder del lenguaje para hacer ver una imagen y por medio de la mirada poética redescribir la realidad al invitar a construir nuevas semejanzas.

Desde un punto de vista materialista, al poeta su voz le viene de las instituciones sociales que así lo han establecido. Sin embargo, haría falta decir que el origen de estas instituciones está en una larga tradición de individuos que, con mayor o menor fortuna, han buscado hacer ver el asombro del mundo a través del asombro del lenguaje. Esta capacidad de tomar el lenguaje y volverlo juguete de niños –Tablada y Carolina juegan, contentos, a cantar– es el poder que tiene la poesía para profanar, en términos de Agamben, las palabras y con ello rebelarse contra su abuso instrumental.

[1] Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia” en Estética y política, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2009.

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Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara y profesor de bachillerato.

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