ALGUNAS PREGUNTAS SOBRE POESÍA (II)

 3. ¿Dónde comienza el cantar y acaba el contar?

En la construcción que la modernidad ha hecho de la tradición literaria de Occidente, el verso y la prosa han sido opuestos como dos formas antagónicas de expresión lingüística. Stéphane Mallarmé entendió que ambas formaban parte de un continuo histórico donde la edad del verso había precedido a la era de la prosa. La edad del verso era la época de Orfeo, los enigmas de la naturaleza y la sabiduría antigua tenían su correlato en los misterios rituales del verso. La edad órfica era un tiempo de comunión entre hombre y naturaleza. Según el autor de “La siesta del fauno”, Homero, con su afán por la explicación comenzó la desviación irremediable que condujo hacia la era de la prosa. Siguiendo la lógica mallarmeana, la gran desviación homérica habría sido el pecado original que tuvo como consecuencia el desarrollo de sendas tradiciones como la epopeya, la historia y, por último, la tragedia tardía de Eurípides y la filosofía socrática. Todas ellas, antecedentes de los géneros prosísticos modernos (novela, ensayo, etc.).

A pesar de lo sugestivo de la concepción de Mallarmé, el mito fundacional que separa la poesía de la prosa quizá resida en otro lugar. En la mitología griega, las nueve musas eran hijas del dios Zeus y la titánide Mnemosine, la personificación de la memoria. Por su parte, la musa Calíope era la encarnación de la poesía épica y Erato de la poesía lírica. La diferencia entre los orígenes del verso y la prosa modernos no fue el fruto de un pecado original, sino de dos expresiones de la memoria.

La caracterización que ambas tenían en la cultura griega puede ser un indicativo de la naturaleza de su vínculo con la memoria. El nombre de Calíope proviene del griego kalliope que significa “bella voz”. Por otro lado, en los himnos órficos, escritos en el periodo helénico tardío, a Erato se le da el epíteto de “la que encanta a la mirada”. El poema épico, responde a la necesidad de la articulación vocal de la memoria y la gracia que este arte requiere debido al largo aliento de su contenido narrativo. Por su cuenta, el poema lírico responde al impulso humano de construir imágenes sensoriales (musicales, visuales, táctiles) a través de las palabras. Tecnológicamente hablando: la epopeya es una extensión de la voz humana y el aliento que la sostiene; la lírica es una extensión de la mirada y, sobre todo, de la imaginación humana. El devenir político de la voz motivado por su importancia en la construcción de la polis fue quizá lo que provocó la proliferación de las artes de Calíope por encima de las de Erato.

Otra caracterización inexacta, o al menos insuficiente, de la oposición entre poesía y prosa está en que se entiende la primera como oscuridad y la segunda como transparencia. Sin embargo, la posibilidad descubierta por la poesía moderna de que ambas puedan cohabitar en una misma mancha tipográfica parece matizar de antemano esta dualidad. El propio Mallarmé, al ensayar un deslinde entre verso y prosa afirmó que “siempre que hay esfuerzo en el estilo hay versificación”. Asimismo, el poeta de Igitur asevera que “siempre debe existir enigma en la literatura” pues el único objetivo de ésta consiste en la “evocación de los objetos” [1].

La teoría de la comunicación actualmente sugiere conclusiones semejantes a las reflexiones de Mallarmé. En pragmática se entiende el estilo en términos de esfuerzo, palabra semejante a la empleada por el poeta francés: el discurso se construye presuponiendo el esfuerzo que se espera que invierta el interlocutor en interpretarlo. La prosa persigue el ideal de una comunicación donde el interlocutor reciba la mayor cantidad de información por el mínimo esfuerzo. Al poner el mayor énfasis en la comunicabilidad, el emisor toma la responsabilidad de lo dicho y espera que sea interpretado por su contraparte de la mejor manera posible. El verso, por otro lado, se basa en evocaciones  y  construcciones  enigmáticas,  las  cuales  son  capaces  de sugerir una enorme cantidad de imágenes que no necesariamente fueron previstas por el emisor. El poeta, de este modo, se deslinda de gran parte de la responsabilidad de la interpretación del poema y se la cede a quien lo lee o lo escucha. Al asumir la responsabilidad, el lector por consiguiente debe invertir un mayor esfuerzo en la interpretación, el cuál es semejante y, en muchos casos, mayor al que invirtió el poeta en componer su creación. En este sentido, el verso es un enemigo natural de la pereza.

Al descubrir los límites del verso, Mallarmé sienta las bases para su abolición. Las generaciones posteriores de poeta siguen a partir de él dos vías: unos estarán comprometidos a continuar la tradición órfica y enigmática defendida por el francés, estirando el lenguaje hasta los límites de la incomprensibilidad. Por otro lado, habrá quienes persigan la superación de la antinomia prosa-verso al asomarse a las posibilidades poéticas del lenguaje más transparente. Una tercera vía cosechará los frutos sembrados en Un lance de dados jamás abolirá el azar, donde Mallarmé lleva al extremo la materialidad de la escritura y pone en predicamento de manera fructífera al libro como vehículo de poesía.

4. ¿Para qué cantan los poetas?

Walter Benjamin afirmó en su ensayo “El narrador” que la desaparición de la experiencia en la modernidad está marcada por el abandono de la memoria y su instrumento principal, la narración, entendida en un sentido de tradición oral[2]. La narración sirve, nos dice Benjamin, para preservar la memoria de aquellas experiencias que vienen de lejos en el tiempo o en el espacio. Las épocas remotas y los países lejanos son sus temas fundamentales. La información, que es la expresión de lo inmediato en el tiempo y el espacio, y su propagación se torna en el principal enemigo de la experiencia. El imperativo de la información nos obliga a conocer en todo momento lo que ocurrió ayer en nuestro entorno y nos aleja de la memoria y la sabiduría del pasado. El propio Mallarmé criticó la noción de información al afirmar que el verso era posible en cualquier lugar del lenguaje “excepto en la cuarta página del diario” (en dicha página se publicaban los anuncios en los periódicos de la época).

La poesía avanza en la actualidad a tientas en un mundo donde se han socavado los cimientos sobre los que se sentaba la sabiduría y donde se ha abolido el aura que sacralizaba todas las lejanías del lenguaje (de tiempo y espacio, pero también de clase y raza). En su búsqueda por sostenerse en la única forma de memoria que nos queda: la memoria heurística y efímera, simbolizada por la memoria RAM de nuestras computadoras, la poesía se mantiene en vilo tan sólo por sus gestos fundamentales: el asombro y la alerta. En un mundo con un sistema que todo lo registra (el Big Data del que habla Byung Chul-Han[3]) y ejerce su hegemonía sobre individuos sin memoria, la mirada poética puede llegar a ser un instrumento de escape, sí, pero también uno de absoluta lucidez. En una era donde la sabiduría agoniza, no por caminos reales sino por senderos y descampados, los poetas vuelven de su exilio a la Ciudad.

[1] Jules Huret, “Enquête sur l’évolution littéraire. M. Stéphane Mallarmé” en L’Écho de Paris, París, 14 de marzo de 1891.

[2] Walter Benjamin, “El narrador” en Iluminaciones IV, Madrid, Taurus, 1991, pp. 111-134.

[3] Byung Chul-Han, “Big Data” en Psicopolítica, Herder, Barcelona, 2014.

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Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara y profesor de bachillerato.

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