BIBLIOTECA DE FOTOCOPIAS

Hay una esquina de mi cuarto, entre la cama y el ropero, reservada para todos aquellos objetos cuya presencia me desmoraliza: cosas que desprecio y de las que no puedo deshacerme por motivos ridículos pero significativos. Ahí descansan dos cajas enormes siempre dispuestas, desde hace más de cinco años, a recibir fotocopias. Estos almacenes prometen redimir a un montón de libros en desgracia —clones chafas, maltratados, desprovistos de tapas—, prófugos del reciclaje y del copyright. En el acervo de títulos mal clasificados yacen, sobre otros ejemplares, Luces de Bohemia de Del Valle Inclán, Nosotros y los otros de Todorov y el Manual de etnografía de Mauss. El recóndito cariño que les guardo a estas hojas —o lo que sea que me mueve a conservarlas— se parece al remordimiento. Si las tiro, mi entusiasmo ecologista me castigará por no haberles dado una segunda vida; si las transfiero a algún estudiante, los subrayados y los comentarios derramados en el pasado —registros fieles de mi ingenuidad—, ahora en manos de otros, me atormentarán. ¿Y si llegara a necesitarlas? Ya las he necesitado, pero me gana la pereza: una biblioteca de fotocopias es inaccesible. Su improbable utilidad es, pues, lo que me impide tirarlas. O eso creo.

La falta de elegancia de las fotocopias es una invitación a arruinarlas, a hacer con ellas lo que un libro original no admite. Quizá también por eso las guardo. Ahora que tengo algunos de esos libros en versiones menos feas —porque vienen de una imprenta en lugar de una papelería, y también porque he moderado mis intervenciones a mano—, pienso en la autenticidad de la fotocopia no respecto de su originalidad sino de la experiencia que es capaz de producir. (Obviamente no lo hago en términos benjaminianos). La copia muchas veces termina siendo una versión perturbada, tanto o más auténtica que la original, principalmente por los motivos que la suscitan. Las veces que fotocopié un libro lo hice porque no habría podido adquirirlo en una librería o porque simple y sencillamente no tenía sentido hacerlo. (Los préstamos bibliotecarios no son una gran alternativa para los lectores lentos). La fotocopiadora es un elemento esencial en la impartición de justicia dentro (y fuera) de las universidades. En estas circunstancias la copia, más que una traición, es un elogio del original, una aproximación fundada en lo sustancial y sin más pretensiones que transmitirlo.

 

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Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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