CALIGAREANDO

La búsqueda de la belleza es lo que nos lleva a reconocer lugares (música, personas, literatura, comida, cine, cualquier cosa) como refugios posibles; sitios donde vivir, aunque sea unas horas, suponga estimular nuestra sensibilidad y complacer nuestro gusto.

Sobre Juan Manuel, en el extremo sur del barrio de Santa Tere, cerca del centro de Guadalajara, está Caligari. A finales del 2007 me senté por primera vez ahí a tomarme un café. Entonces se distinguía de las otras casas por el farol destartalado que continúa afuera, en la banqueta, y una bicicleta que adornaba la fachada, hoy cubierta por un mural bicicletero. El café Caligari se ha sostenido durante diez años (abrió el 14 de agosto del 2006) auténtico, sencillo y discreto: bello y distinto. Es una guarida sin nombre, con puertas chuecas y mobiliario que evocan El gabinete del doctor Caligari. Nació sin alardear en un rincón apenas visible para sus vecinos. Quienes lo concibieron, cosa rara en estos tiempos, crecieron en esta misma localidad.

La comodidad que nos genera un lugar es producto de una fórmula que con dificultad resulta bien. A menudo los ingredientes sobran, escasean o son artificiales; en conjunto, dejan ver inspiraciones y pretensiones burdas: desbordan condescendencia y apego exagerado a los modos y modas contemporáneos (que suele traducirse en una devoción descarada y defectuosa al pasado). Tal descompensación sufre la mayoría de los establecimientos comerciales que han abierto en los últimos años en Guadalajara; la misma estética ha permeado casi todos. No es un problema de falta de originalidad —¿quién espera originalidad?—, sino de creatividad en la composición. Pero no es el caso de Caligari.

Caligari ha evitado sofisticarse. Conserva y presume la modestia con que se levantó hace una década. Incluso el deterioro, resultado de la vida que ahí transcurre, es aprovechado en la decoración por artistas que, en horas de trabajo, hacen de meseros y baristas (los mejores que conozco). Su carta, repleta de recortes y garabatos fotocopiados, es una vasta lista de neologismos hechos en casa para nombrar apropiaciones exquisitas de recetas populares y familiares, de aquí y de allá.

Caligari es Caligari por todos lados. Su atmósfera peliculera, en lugar de hacer ficción nuestra presencia, la vuelve real —y casi siempre feliz— en un universo pequeñito y poco probable. Estar ahí es caligarear.

En Caligari vi Otesánek y Blade Runner mientras desayunaba chilaquiles (cuando existía la salita de cine para dos). Ahí he soldado algunas de mis amistades más queridas y reafirmado mi gusto de estar sola. Además, ha sido una oficina acogedora: hay café, luces cálidas, plantas y una selección generosa del Great American Songbook; suenan jazz, rocanrol y hip hop, también. Siempre que puedo, apenas salgo de la universidad, me dirijo a Caligari. Desayuno o como y saco la computadora; así la compensación laboral viene al mismo tiempo que trabajo. Porque lo ideal es trabajar a gusto, como sus meseras y meseros, sus baristas y sus cocineros, cuya permanencia a través a de los años revela ganas de estar ahí.

Caligari es un lugar al que siempre quiero volver. Caligari es Caligari es Caligari.

***

Debra Figueroa

Estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.
~ ventanasabiertas.com

 

1 comment

  1. un lugar que nos da tranquilidad y comodidad, sin dejar de mencionar la exquisita comida que sirven.

    en pocas palabras es un lugar que me encanta visitar!!!!!

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