CANCIÓN PARA CANTINA

Mejores cantinas de la ciudad de México.

Soy un alcohólico de ocasión. Me gustan las cantinas y lo que las envuelve. Los tragos, la comida, el ambiente sórdido y elegante, y sobretodo, la música. La idea de beber al compás de una canción es algo a lo que no me puedo negar. Sin embargo, no debe ser cualquier canción, no en una cantina. Porque a una cantina uno va a ser invisible, a mezclarse entre personas igual que uno y olvidarse de lo que sucede afuera. Y la música, acaso el arte más refinado y popular que ha creado el hombre, debe ser parte de la invisibilidad.

Lo repito, soy un alcohólico de ocasión que visita con gusto estos lugares para ser parte y no para sobresalir. Sin embargo, de a poco mis cantinas favoritas se convirtieron en refugio de muchos hombres y mujeres que al igual que yo van a saciarse las ganas de un trago, con una diferencia, la música que ponen en las rocolas es para mostrar que son diferentes, que ahí, entre olor a viejo y paredes descascaradas, pueden sobresalir gracias a su gusto exquisito. Canciones de metal estridente, melodías pegajosas de versos de amor, cantantes indescifrables entre el barullo, música, pues, sólo para ellos y no para todos. Canciones para complacerlos a ellos solamente, para divertirse como si fueran karaokes y no cantinas, como si aquello fuera un lugar de su propiedad y no comunal.

Y sí, me molesta como un viejo que no comprende a los jóvenes y su gusto musical. Porque hay lugares en los que no se debe ser especial sino parte de la grey. No se debe buscar la atención ni mucho menos incordiar a los hombres que han mantenido la costumbre de beber sin importar si es lunes o las dos de la tarde. Parroquianos a quienes pertenece un ladrillo de cada cantina. Porque no es lo mismo beber mientras suena un bolero a la distancia que hacerlo cuando canta Nirvana, mucho menos con una canción de José José que con un narcocorrido o con Luis Miguel.

Alguien debería editar un tratado sobre el uso correcto de las rocolas de las cantinas en la ciudad, uno que sugiera una lista de canciones imperdibles, de artistas que caben en esos lugares y los que, que deje en claro, como manual de Carreño, los usos adecuados para ir a beber con música.

O quizá, en cada puerta de cada cantina, se deba imprimir un fragmento de un poema de Miguel Ángel Hernández Rubio:

“Una cantina es un mingitorio a tiempo
y un buen servicio de bar;
no la mullida almohada para recordarte
ni par decir, mira pues, pero qué malo es el amor.
Pero te decía,
una cantina es uno y ya…
y qué le vamos a hacer.
Hoy, los solitarios, no estamos de humor.”

***

Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

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