CONTRA EL EDITOR

Maxwell Perkins, editor.

Maxwell Perkins, editor.

 

Hay una escena en la cinta Genius, dirigida por Michael Grandage, donde el editor Maxwell Perkins le da a un derrotado Scott Fitzgerald un adelanto por un libro que aún no existe y lo empuja a seguir escribiendo. Perkins, quien en ese entonces ya tenía en su catálogo a Hemingway y estaba por fichar a Thomas Wolfe, era un editor en el más amplio sentido de la palabra: un hombre que no sólo impulsaba a sus autores a escribir siempre, sino que además los protegía, les prestaba el dinero para que ese no fuera impedimento para trabajar y que ponía, sin pensarlo, su propio dinero para sacar adelante una edición, aconsejaba cambios en el relato y se imbuía por completo en la escritura del libro. Hoy ese oficio ya no existe. O no como lo concebía Maxwell Perkins.

Y las razones son muchas. Primero es que la literatura entró en una espiral donde importan más las ventas que la calidad. Se imprimen libros al por mayor y sin el nada glamuroso trabajo de leer y releer un manuscrito. No se sugieren cambios y la única preocupación de los editores es que el libro no contenga erratas, y si las tiene que sean tan invisibles como su trabajo. Además, las grandes compañías multinacionales terminaron por absorber el negocio. Son pocas las editoriales, y su editor, que resisten y que apuestan por sí mismas en autores noveles. Y si digo por sí mismas es para descartar a todas aquellas que trabajan de la mano del Estado que paga la impresión y distribuye gran parte del material. Porque ahí, a diferencia de lo que se hacía antes, no hay ningún riesgo: apostar por un autor con dinero del Estado no es apostar; no hay riesgo alguno.

Y si no se apuesta con lo propio no existe la pasión para entregar un libro único. No se busca ni se trabaja con escritores noveles si no vienen acompañados de premios o libros becados. Hemos convertido el oficio de la edición en un simple trámite de empaquetar palabras en una caja de texto lo más legible posible. Un oficio que descubría escritores y que los acompañaba en el duro proceso de creación se transformó en una oficina de impresión. Y la culpa es de todos. Lectores e industria editorial. Porque como lectores no exigimos libros que nos cuenten una buena historia, queremos si acaso algo que nos entretenga y luego podamos mirar en el cine. Como lectores abandonamos las colecciones reconocibles y vamos a la librería como ir al supermercado: elegimos los libros por el brillo y la publicidad previa antes que por el interés en el autor y su prosa. Olvidamos que la lectura es un acto de paciencia y confrontación.

Mientras que como editores permitimos que el capital estuviera antes que el arte. Nos doblegamos ante el dinero del Estado. Editamos de manera exprés y sin ton ni son. Olvidamos la creación de colecciones y dejamos de lado la tenacidad para resistir ante el arrasador poder del dinero.

Pero, a pesar de todo, el oficio del editor me sigue pareciendo uno de los más bellos.

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Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

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