CONTRA EL EJERCICIO

Hace un mes empecé a correr por las mañanas. Pertenezco a la tribu de urbanitas sedentarios que durante las vacaciones buscan redimirse al aire libre presumiendo su mala postura, pésimo ritmo y una respiración fatal. Pero me esfuerzo. Una vez que empiezo a mover las piernas, continúo hasta sentir que mi vida corre (¡corre!) peligro: mi corazón late como tamborcito den-den y mis pulmones, afectados por el cigarro, advierten un soponcio que alcanzo a contener con aspiraciones profundas y desesperadas. Dos vueltas caminando, una corriendo, una caminando, una corriendo y otra caminando en aquel perímetro de quinientos metros debe de resultar ridículo para los corredores avanzados, pero mi resistencia no me ha permitido hacer más hasta ahora. A pesar de ser flacucha y gozar de buena salud(?), cuando corro experimento el mismo sufrimiento que una persona con sobrepeso, diabetes y enfisema.

Entre la fauna del parque se puede ver a una chica dando vueltas mientras impulsa una carriola cuyo contenido es un misterio; señoras obstruyendo la banqueta cada cinco minutos con su comadreo y muchachos ágiles toreándolas; tríos de hombres maduros que en su trote saludan cortésmente (muy cortésmente) a las jovencitas y voltean la cara a mujeres de su edad. En los últimos días se incorporó un grupo de empleados de una empresa; corren en manada durante algunos minutos y poco a poco, conforme empiezan a desfallecer, se dispersan involuntariamente según sus complexiones. En la calle que separa al parque en el que corro de otro menos adecuado para el ejercicio, trabajadores de diversas aseguradoras de autos se acomodan para esperar, entre cantos de aves, el próximo siniestro; mientras tanto, como queriendo entrar en calor, son testigos atentos de nuestro colapso.

Además de la tortura que supone para casi todos nuestros órganos, el ejercicio no puede no ser ridículo. Una serie de movimientos exagerados orientados a algo invisible en el acto, capaces de transformarnos dramáticamente el rostro, es algo muy ridículo. Quizá abunden sus beneficios a largo plazo, pero en mi día a día correr ha significado padecer durante poco menos de una hora un malestar que, sospecho, se parece al de alguien a punto de infartarse. Correr también implica tragarse la vergüenza: exponer nuestros cuerpos y anhelitos más primitivos a las miradas de los vecinos.

Estar dispuesta a ejercitarme de esta manera, para mí, es aceptar tomar una medicina milagrosa y asquerosamente amarga. No me ocurre lo mismo cuando camino o salgo en bicicleta, actividades que puedo hacer por gusto, sin ningún otro objetivo y a pesar del ejercicio que implican. Los beneficios a la salud son sólo una grata consecuencia de la vagancia. En “La velocidad à velo”1 Valeria Luiselli llama bicicletista al que ve el andar en bicicleta como un fin en sí mismo. “El que ha encontrado en el ciclismo una ocupación desinteresada de resultados últimos —dice—, sabe que es dueño de una rara libertad, sólo equiparable con la de la imaginación”. Si tuviera más tiempo y la planeación de esta ciudad no fuera tan estúpida, saldría más seguido en bici y correría menos o no correría.

Lo único que he leído de Haruki Murakami es el primer capítulo de su libro De qué hablo cuando hablo de correr2 —el tipo es o era maratonista. Gracias a su carácter motivacional, que me hizo repelerlo, pude ver otra cosa que me incomoda de correr y, en general, de ejercitarme cuando mi objetivo al hacerlo es eso mismo (ejercitarme). Me refiero a lo cerca que correr se encuentra de la autoayuda. Porque correr es siempre un reto, y los retos…

Una vez, caminando por avenida Juárez, les propuse a mis amigos que corriéramos como si hubiéramos robado algo. Correr nunca ha sido tan emocionante ni ha tenido tanto sentido como en esa ocasión, ni siquiera cuando practicaba atletismo, las veces que he tenido que atravesar velozmente un aeropuerto para no perder el vuelo o cada mañana al cazar un camión de la ruta 380. El motivo era imaginario, sí, pero justificaba perfectamente la fuga. Aquella tontería es la única evidencia que tengo de que correr puede ser útil y gratificante mientras corro. Quisiera animarme a robar algo y correr con auténtica prisa; correr impulsada por la excitación que ofrece la ilegalidad.

1 Tercer ensayo de Papeles Falsos. Sexto Piso, 2010.

2 Tusquets Editores, 2010.

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Debra Figueroa

Estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.
~ ventanasabiertas.com

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