CONTRA LAS OFICINAS

Si las oficinas favorecen algún tipo de escritura, ha de ser la apremiante. Tal vez por eso la literatura académica «producida» en cubículos y orientada a la acumulación de méritos se lee tan oficinizada. Lo mismo ocurre con los textos periodísticos, pero en este caso la prisa está mejor justificada.

Sospecho que el éxito de las oficinas descansa en la incomodidad que producen. Si consiguen incrementar la productividad es gracias a que nadie quiere estar en ellas; todo mundo se apresura a terminar su trabajo e irse. Más que su naturaleza esclavista, propia de la mayoría de los trabajos, es su falta de autenticidad lo que me molesta: una oficina podría ser cualquier oficina; su trasfondo burocrático permea su estética y la vuelve monótona y angustiante.

Prescindir de la oficina es fácil: bastan una computadora, un poco de organización y confiabilidad para olvidarse de ella. Es tan sencillo, que me parece muy extraña su vigencia. Entiendo que haya quienes prefieren estar en un espacio construido expresamente para el oficinismo; que para algunos, los más optimistas, es una especie de portal coordinado con el horario laboral: a las seis de la tarde en punto, apenas cruzan la salida, el trabajo deja de existir. (El oficinismo es una huida permanente: trabajar para dejar de trabajar porque, mientras menos alcance a hacer uno, más tarde se va. El oficinismo es como cualquier trabajo incómodo). Del lado de los pesimistas –donde me siento más cómoda–, el Gombrowicz oficinista se refiere a sus siete horas diarias de trabajo como el asesinato de su propio tiempo. El horario de oficina es un agujero negro.

Mi relación con los espacios es importante. Además, mi lentitud patológica y mi concentración de dos minutos impiden que pase por alto lo que existe más allá del monitor y el teclado. Tras varios años seduciendo en vano a mi celeridad latente con la esperanza de enfocarla en el trabajo –y contra el trabajo–, he tenido que resignarme y considerar estos padecimientos rasgos temperamentales.

Convencida de esto, en mi vida laboral he procurado alejarme de la oficina, y apartarse implica, por supuesto, emularla en casa –en el escritorio o en la cama– o en algún café. No sé qué tan sensato sea esto de traerse el trabajo; tal vez consiga incorporarlo a mi vida a tal grado que llegue a pesar tanto como el mobiliario que evito (muros falsos, escritorios de aglomerado enchapado y sofisticadas sillas con llantitas diseñadas para sostener a giros el tedio, todo alumbrado por focos ahorradores blancos), pero me basta la distancia que hasta ahora he ganado respecto de ese error arquitectónico.

Supongo que el sueño de muchos jefes, incluso los más sensibles y flexibles, es contar con la presencia física de sus trabajadores, y entiendo que esto es algo deseable para muchas actividades. Soy consciente de que frustro el comentario inmediato e interrumpo la deliberación, la amistad laboral y cualquier interacción propia del mundo oficinil. Pero, ¿es necesaria una oficina para esto? Los invito a dejar que el agujero negro se la trague. Los invito a un café.

Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

1 comment

  1. Tengo el disfraz de una infancia madura, donde girar en una silla no es tan mareador, la oficina, el cubículo, la casa geo, el monitor tintineante donde resido ocho horas, no es tan oscuro como un agujero negro, los matices de un trabajo siempre los aporta uno.

    Pero sí, acepto un café.

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