DESERTAR

Las bibliotecas universitarias pueden ser cuna de desertores. Conocí a H. D. Thoreau durante una depresión tan profunda que dejé de ir a clases —consecuencia lógica teniendo en cuenta que lo que motivaba aquel estado eran, precisamente, las clases—. Haberlo leído influyó en mi temperamento. Iba a mi centro universitario sólo a leer: ante el remordimiento que me producía no pararme en el salón, recurría al placebo de la compensación. Mi estancia en la biblioteca como respuesta al tedio, aunque tímida, me parecía sumamente transgresora. Pero no dejaba de ser una forma de justificar mis inasistencias; vamos, lo hacía dentro de la universidad y en horario de clases. Pudiendo leer en casa o cualquier otro lado, en cualquier momento, lo hacía de manera rutinaria, puntual, localizada. Menos mal que entre aquella sumisión se asomaba la certeza de que esta modalidad de estudio, sin prisa, sin tarea y supeditada al antojo, era algo más cercano a la educación a la que aspiraba. Pero la incertidumbre era angustiosa, y terminaba por no disfrutar plenamente mi romántico escape. Convencida de que debía ser más terminante, pedí una licencia de un año con opción de volver dentro de uno o dos semestres.

El poema ése de Girondo, «18» o «Llorar a lágrima viva», entre llanto, me hacía gracia por lo preciso que era: «Asistir a los cursos de antropología, llorando».1 No iba a soportarlo más, así que me di de baja, de manera formal y definitiva, de la licenciatura en antropología. Deserté. Ya no estaba condicionada por esa moral extraña que me obligaba a asistir puntualmente, religiosamente, a la universidad para meterme en la biblioteca. Decidí, entonces, recurrir al préstamo externo, como solía hacer antes de que todo se volviera insufrible. Como dije antes, mantuve una relación especial con Thoreau; a la desertora en potencia que era le entusiasmaba mucho la idea de mandar todo al carajo. Había leído sus diarios, Una vida sin principios y Walden. Tomé Desobediencia civil y, dispuesta a disfrutar mi libertad fuera de la institución con el padre de mi incipiente espíritu anarquista, me dirigí al escritorio del bibliotecario. Para mi sorpresa, los virajes burocráticos llegaron muy pronto a su computadora: «Ya no eres alumna. No puedes sacar libros, pero puedes leerlos aquí, si quieres». Regresé un par de veces más; concluí el libro y deserté, de nuevo. La lectura, que había abanderado aquella tibia resistencia, volvía a ser libre.

Thoreau volvió a mí hace un par de semanas con Caminar en una bella edición de Impronta. Como la deserción es un volcán dormido en mi vida, procuro leerlo con precaución.

 

1 Fragmento del poema «18» de Oliverio Girondo, conocido como «Llorar a lágrima viva» y contenido en Espantapájaros. Puede leerse aquí: https://books.google.com.mx/books?id=iLpS_nXEl8EC&lpg=PP1&dq=oliverio%20girondo%20obra&pg=PA101#v=onepage&q=oliverio%20girondo%20obra&f=true

 

Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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