DISIDIR Y DIFUNDIR

 

Lo que escuchamos, vemos, leemos…, así como las tecnologías de las que disponemos para hacerlo, condicionan nuestro aprendizaje y nuestro desempeño en diversas esferas del mundo de la vida. La música, el cine, la literatura, el software… son productos capaces de contribuir al bienestar de las personas; el hecho de que no signifiquen una condición para la supervivencia no los vuelve un lujo: al masificarse, adquieren importancia; inciden en prácticas comunes y socialmente relevantes.

Pensemos en la experiencia y el bagaje que hemos ganado gracias a todos esos productos e imaginemos quiénes seríamos si no hubiéramos podido comprarlos, descargarlos de manera gratuita (e ilegal, sí) u obtenerlos prestados. Es imposible, o al menos insensato, pensar la educación contemporánea, formal e informal, sin considerar estas fuentes de conocimiento. No es exagerado decir que se traducen en posibilidades inmediatas y en opciones de vida.

El Internet me ha provisto, desde que era niña, de material maravilloso al que dos tercios de la población en México no tiene acceso. De no ser por Napster, los torrents y recursos open access, mi capital cultural incorporado equivaldría al de la mitad del Internet que he disfrutado.

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Entiendo a quienes defienden el copyright. Hace años, siendo una adolescente malpagada, me sentía culpable cuando descargaba algo; pensaba que era justo retribuir su trabajo a los creadores (ojo: no enriquecer a disqueras, productoras y editoriales). ¡Y claro que lo es! Lo que no es justo es legitimar un modelo que sistemáticamente nos excluye.

Más allá de la clandestinidad, la piratería ha significado para muchísimas personas la posibilidad de acceder a expresiones que de otra manera no estarían disponibles para ellas. Puedo asegurar que más de dos terceras partes de lo que he leído, visto y escuchado son producto de la empatía y la solidaridad de usuarios anónimos que compartieron de manera ilícita material custodiado por empresas egoístas.

Un defensor empedernido del copyright es un leguleyo cegado por sus privilegios: alguien que tiene la creencia de que el resto de los seres humanos goza de suficiente fluidez económica para comprar libros y discos, pagar el cine y participar de la vida cultural sin comprometer su alimentación; o, peor aun, alguien que considera a la ganancia más importante que la desigualdad que conscientemente agudiza. Se caracteriza por repetir sandeces como “Papá pirata, papá pirata”.

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El movimiento copyleft, desde su nombre, le da la vuelta al copyright: comprende un conjunto de ideas en torno a la propiedad intelectual orientadas a promover el acceso abierto a los productos culturales: a garantizar que el conocimiento, como sea que se objetive, esté al alcance de todas las personas y no sólo de quienes pueden pagarlo.

Por su flexibilidad, la alternativa al copyright más popular, congruente con el copyleft, es el modelo de licenciamiento Creative Commons. Adaptadas a los diversos marcos legales existentes, las licencias Creative Commons permiten a los autores garantizar el acceso a su obra y moderar su aprovechamiento sin necesidad de envolverse en una serie de procedimientos ultraburocráticos llena de restricciones. Basta una leyenda para que cualquiera se sepa con la libertad de reproducir lo que tiene enfrente.

Dentro del contexto editorial mexicano, el uso de licencias Creative Commons se ha extendido principalmente entre editoriales independientes. Tumbona Ediciones, Ámbar Cooperativa Editorial, SUR+, Ediciones Antílope, Editorial Paraíso Perdido, Ediciones El Viaje…, por mencionar aquellas cuyos más recientes títulos he adquirido en los últimos meses, advierten en sus libros la posibilidad de reproducirlos total o parcialmente.

La generosidad de estas editoriales no es un acto suicida: algunas de las que decidieron, además de incluir una licencia Creative Commons, compartir versiones en PDF de sus libros, aseguran que esto no interfiere en la compra de los ejemplares de papel sino todo lo contrario.

Desde mi experiencia puedo decir que, siempre que he podido hacerlo, he adquirido el ejemplar impreso del libro que me interesa, incluso cuando se ha hallado disponible en línea. Lo he hecho, en primer lugar, porque prefiero leer en papel; en segundo, porque aprecio mucho tener un libro bello en mis manos —y vaya que se esmeran en conseguirlo—; en tercer lugar, porque deseo contribuir a que estas editoriales perduren. Para mí el PDF ha sido y será una primera aproximación importante, una especie de recomendación del impreso.

Larga vida a estas editoriales raras, valientes y generosas.

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Debra Figueroa

Estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.
~ ventanasabiertas.com

3 comments

  1. Súper interesante, soy un ñoño entonces me hubiera gustado leer un poco más o “escuchar” el nombre de Stallman y todo lo que ese loco ha aportado desde el software con repercusiones en el conocimiento y lo cultural. Muchas gracias por escribir esto, me gusto mucho leerte

    • ¡Ey, muchas gracias por leer! Tienes razón. Me arrepiento de no haber mencionado a Stallman, Lessig, Swartz, Elbakyan y otro montón. Veré si puedo incluir una nota al pie, por lo menos. ¡Saludos!

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