DOS AÑOS DE AUSENCIA

Muro baleado

Muro baleado, 2009. Teresa Margolles. 130 piezas de block con intervenciones de bala. 213 x 396 cm. Foto: LABOR.

A Óscar Tagle, que lleva 10 años sembrando literatura

La noche se hizo eterna hace dos años, se fue la luna, no volvió el sol, y la ausencia se emperró en el país. El otoño tiene tintes trágicos para México, y en septiembre mostró sus fauces más violentas. La desaparición de 43 estudiantes normalistas (que se educaban para educar a nuevas generaciones) en manos de un grupo criminal cobijado por policías municipales y estatales, volvió a enlutar a un país ya en constante luto. El 26 de septiembre dejó en claro que el Estado mexicano sigue siendo tan salvaje, rapaz y delincuente como lo fue el 2 de octubre del 1968.

Y si el 2 de octubre no se olvida ha sido gracias a la tenacidad e insistencia de la sociedad. Sociedad que logró transformar la tragedia en muestras artísticas para aferrarse a la memoria. Largometrajes, música, plástica y mucho más han dejado patente que si el Estado fracasó en su premisa más básica, el arte está ahí para recordárselo. Casi medio siglo después la violencia se ensaña de nuevo con un grupo de estudiantes y toma por sorpresa a todos, que recién comenzábamos a digerir los seis años de violencia que impuso el narcotráfico. El arte, en particular, recién entendía la necesidad de evidenciar los estragos de la mal llamada guerra contra el narco. Se escribieron novelas puntuales, Teresa Margolles resignificó su propuesta de SEMEFO en tiempos de sangre y muerte, Pedro Reyes mostró con “Desarme” que las armas pueden ser instrumentos musicales; Fernando Brito retrató el olvido y Lolita Bosch le dio rostro a los muertos sin nombre en Menos Días Aquí. El arte se comprometió con la sociedad que lo sostiene.

Había atisbos de luz hasta que llegó la noche del 26 de septiembre y la sociedad y el arte quedaron a oscuras. Porque para entender la barbarie es necesario que quienes se dediquen a las manifestaciones artísticas comprendan que no hay arte sin verdad, que no hay belleza sin los intersticios de la violencia asomándose, que para influenciar a su entorno, para sacudirlo, es necesario mostrar lo que se oculta, lo que nos esconden. Como lo dice José Miguel Soto, las influencias son “esas voces que enseñan a hablar/ pero no sólo a eso, también a escuchar y pensar/ enseñan a interpretar lo que vivimos y lo que sentimos/ configuran nuestro modo de ser y de estar/ incluso lo que percibimos”.

Quizá aún es temprano para comprender lo que nos pasó, lo que sucedió aquella noche de hace dos años. Porque no, no sólo nos faltan 43, nos falta comprender qué hicimos para que esos estudiantes caminaran entre basura y muerte; nos falta arte para entender la vida. Y aunque comienzan a germinar algunas obras sobre el suceso, basta ver las piezas de Ismael Vargas en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara para darse de bruces y tratar de dilucidar lo que pasó en este país; la, tímida aunque numerosa, exposición “Lotería 43: Metáfora de una búsqueda”, o el ejercicio que han hecho periodistas para recrear la noche y desenredar la madeja de mentiras, todavía no llenamos los huecos en el corazón.

Falta tiempo, paciencia y compromiso para que el arte venga a sanarnos la herida que no para de sangrar.

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Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

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