DOS TEXTOS SOBRE EL SHOW DE LOS MUERTOS

Dos textos leídos en la presentación de El show de los muertos de Enrique Carlos el 12 de marzo 2015 en Impronta Casa Editora.

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QUINCE CRISANTEMOS SOBRE UNA LÁPIDA

Carlos escribió este libro hace ocho años, acababa de terminar el largo y tortuoso proceso de publicar su primer trabajo. Le insistimos que este nuevo libro debía publicarse, pero quienes conocen bien a Carlos saben que no es fácil de persuadir. Mi hermano atravesaba una crisis: no comprendía cuál era el verdadero motor que impulsa a un escritor a publicar. El libro, por haberlo gestado de una manera tan contraria al primero, despertaba sospechas en él. Carlos siempre duda de todo y de todos, incluso de lo que se dice a él mismo.

En 2010 recibió la invitación a publicar El show de los muertos como parte de una antología de jóvenes poetas, dicha publicación salvó a todos los muertos de este libro de una segunda muerte, pero los colocó en una especie de limbo de correcciones infinitas. Años de un proceso paralelo en que por un lado escribía nuevas cosas, y por el otro corregía el libro descontroladamente. Yo leía su nuevo material, poemas cada vez más distintos a El show de los muertos, pero dos o tres veces por año aparecía en mi cuarto con nuevas versiones del Show que se negaba a quedar atrás.

Abrir este libro es viajar a los dieciocho años del autor y compartir con él lo que afortunadamente yo pude compartir. Madrugadas de discusiones sobre pintura, poesía y blues. La confusión del proceso de escribir, de reencontrar su voz en un segundo intento. Fueron años de una búsqueda oscura, que sucedió toda de madrugada, pura madrugada. Noches en las que se esperaba que cada mañana trajera consigo una posible verdad. Aquella vigilia y aquel esfuerzo fueron templando cada uno de estos dieciséis poemas hasta volverlos ciertos.

El año pasado decidió enviar el libro a un certamen. Finalmente sintió que muchas de las interrogantes estaban cerradas y el libro estaba terminado. Había corregido algunos poemas, suprimido otros y agregado algunos nuevos. Recibió el premio y el dinero para publicarlo.

La poesía que escribe actualmente Enrique Carlos es muy distinta a la que podrán encontrar en este libro. Pero era importante que se publicara y quedara materializado de cierta manera específica. Por eso Impronta jugó un papel tan importante. El tiraje debía ser pequeño, debía manufacturarse con el peso y la solemnidad de aquel entonces, debía volverse un objeto/lápida de un pasado muerto, pero ahora y desde ahora más vivo que nunca.

Claudia Cisneros
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LA LUZ DE LAS ESTRELLAS MUERTAS

Ven al escenario y sé tú mismo.
Dice el elegista a los muertos. Muestren
Ahora –después de la existencia–
Lo que estaban destinados a ser:

Mary Jo Bang,
del poema El papel de la elegía

 

El show de los muertos es una obra en 16 actos llevada a cabo en un cementerio adornado con muy pocos leds.
Es un álbum de fotografías en blanco y negro en el que todos los modelos cerraron los ojos.
Es una visita al museo de cera más glamuroso del mundo.

1
El show de los muertos es, en principio, un libro elegiaco. A lo largo de sus páginas se cumple lo expresado en los versos de la poeta norteamericana Mary Jo Bang, con los que abre este texto. Los muertos, en su particular tiempo congelado, pasan al escenario del poema a ser ellos mismos y a mostrar lo que estaban destinados a ser: leyendas, iconos.

Podríamos entender el libro de Enrique Carlos como un acto de amor o admiración hacia ciertas figuras imprescindibles tanto de la cultura pop, como de la literatura y el arte, pero también como una indagación sobre la construcción de la celebridad.

Podríamos concebirlo, claro, como el intento de dar forma a una de las nociones que más han angustiado y fascinado al ser humano desde siempre: la muerte y la dimensión que la rodea.

Podríamos interpretarla también como un canto.

2
Un verso de Ben Lerner: Algunos poemas líricos se hacen visibles mucho después de que deja de existir lo que los originó.

Claro, como la luz de las estrellas muertas.

3
En algún momento, la cultura pone en nuestra cabeza el debate sobre la identidad. El dilema entre el yo y la máscara, que probablemente incluya la convención que concibe a la última como algo que resguarda al verdadero yo. ¿Pero, qué tal si, como menciona Zizek en El acoso de las fantasías, lo que oculta la máscara es la ausencia de un yo verdadero? La máscara como prótesis.

Menciono esto porque precisamente las figuras a partir de las cuales Enrique Carlos construye El show de los muertos son eso: personajes, máscaras capturadas en estampas familiares. La tentación de pensar en lo poco que conocemos de las personas –y más aún de aquellas investidas con los uniformes de la fama– podría llevarnos a la conclusión de que todo retrato de algún otro es un ejercicio superficial. Quizás. Pero también es muy posible que no haya lugar para excavar.

4
Descompuestos relojes en el pecho
su propio réquiem bailan mis zapatos. 

Los versos anteriores, tomados del primer poema del libro me parecen particularmente reveladores. ¿Cuál es el tiempo de los muertos, si es que algo así puede tener lugar? Lo único que podemos saber, evidentemente, es cuál es el tiempo en el que nosotros situamos a los muertos: la suspensión del conteo. Los muertos, fuera de supersticiones, pueblan una dimensión congelada en la que nada sucede. Los relojes descompuestos se encargan ahora.

¿Qué puede ser más representativo de esa suspensión que la imagen de James Dean dirigiéndose a su muerte en el Little Bastard?

5
El show de los muertos es también, y tal vez ahí radique buena parte de su encanto, un libro médium. Walkie Talkies espectrales. Una conversación con los que han abandonado nuestro mundo.

6
Se ha dicho mucho sobre muestra imposibilidad para pensar o escribir sobre la muerte, o al menos sobre nuestra nula capacidad para hacerlo en términos concretos, críticos o verdaderos. Es ahí donde un tipo como Jean Baudrillard puede intervenir y darnos algunas pistas:

Lo que importa es la singularidad poética. Sólo eso puede justificar la escritura, y no la miserable objetividad crítica de las ideas.

¿Qué quiere decir esto? Simplemente que hablamos de un asunto radical. Él pone en evidencia no sólo nuestra incapacidad para pensar o escribir objetivamente acerca de la muerte, sino del mundo en general. Lo anterior, lo sabemos, no es algo nuevo, y Kant, por ejemplo, ya lo proclamaba doscientos años antes que el filósofo francés. Sin embargo, Jean nos abre una pequeña puerta por donde podemos escurrirnos para no quedarnos como simples espectadores simiescos: la poesía. Todo se trata, parafraseándolo, de arrojar carnadas, trampas en las que el sentido sea lo bastante inocente para caer. Puede que la verdad siempre se haya tratado de eso: trampantojos, espejismos poéticos.

Es luego de entender esto que un libro como El show de los muertos cobra mayor fuerza y sentido. Los poemas, escritos casi en su totalidad en primera persona, construyen algo cercano a una experiencia que no podría ser edificada lejos de lo poético (no importa que habláramos de una pintura, una película, o algo independiente al texto). Cada una de las voces líricas intenta describir su posición en ese no-mundo que habitan después de la existencia material:

Mi lengua se escabulle;
gusano negro
en la negrura.
 
Sobre mi cuerpo un hueco soy
donde no cabe
ni siquiera el llanto.

Versos como los anteriores reflejan bien esa aparente ubicación del yo en un entorno nebuloso y completamente otro, pero no inexpresable. Un limbo en blanco y negro que es el negativo del mundo y escenario de este show.

O quizás, no dejo de pensarlo, los poemas intentan representar el momento previo al desprendimiento. La última exhalación de lo humano y su lenguaje antes de ser asimilada por algo desconocido:

Me oculto bien, apago
las luces.
Le tapo los ojos a mi cuerpo
en la sombra espesa de los ciegos.

Luis Eduardo García

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