EL ARTE CONTRA LA BARBARIE

Imagine la siguiente escena: un grupo de más de cuarenta jóvenes son golpeados, colocados de rodillas y son obligados a mirar como dan el tiro de gracia uno a uno hasta sumar las cuatro decenas. Imagine el terror del último de ellos. Ahora, vuelva nuevamente al ejercicio de ficción e imagine una pira humana que arde en un basurero, cuarenta cuerpos, ya sin alma, ni nombre, ni pasado, arden en un infierno alimentado con sus pieles, huesos y todo lo que antes lo le dio un recuerdo.

Ahora imagine un departamento con cinco personas que charlan sobre su condición de refugiados en el centro de la ciudad, imagine que de forma súbita son asaltados, vejados, golpeados, torturados con instrumentos de cocina, las mujeres violadas y finalmente, asesinados con un tiro de gracia. O hágalo con un ejército nacional que sale cada noche a abatir a quienes ellos consideran delincuentes. Un ejército cuya principal función es proteger a los ciudadanos que puntualmente pagan su quincena. Ese grupo uniformado y dotado del uso de la violencia legítima, decide una noche patrullar por un pueblo cualquiera y disparar a mansalva contra quienes ellos presumen delincuentes. Los ponen en fila dentro de una bodega y uno a uno les dan el tiro de gracia. O un país lleno de tumbas sin identificación, un país de tránsito que permite que cientos de migrantes sean explotados y finalmente, de nuevo, asesinados.

Ahora, cómo narrar ese horror que desde ya mucho tiempo dejó de ser ficción. Cómo trasladar la miseria al arte. Cómo generar un discurso que pueda alejarse de la nota diaria y poner, si es que tal cosa es posible, un puente entre el arte y el horror. Francamente no lo sé, pero considero que es necesario. En la literatura apenas hay tibios ejemplos de que la locura y la masacre debe ser contada para después ser entendida y finalmente, superada por medio del arte mismo. Antonio Ortuño tiene una novela (La fila india, Océano 2013) que apenas atisba el horror de ser migrante en un país de migrantes de segunda y tercera clase. También lo ha hecho Mario González Suárez en una novela compleja llamada A webo, Padrino (Mondadori, 2008), por mencionar sólo dos obras con mejor tratamiento del tema. Pero no basta, y no basta porque tenemos que vernos reflejados en el arte para darnos cuenta que el fracaso no es sólo de los otros, los malos, sino que el fracaso nos corresponde a todos como sociedad. El cine comienza a darse cuenta con documentales dolorosos, como Tierra de Cárteles, Narco Cultura o la obra de ficción Heli. Acaso el ejercicio de Teresa Margolles es el más honesto en la plástica. Sin embargo, la música, una de las artes más generosas, se ha acercado sin ambages ni hipocresías a la masacre. Música, eso sí, sin pretensiones, dura, surgida muchas veces del mismo barrio donde se asesina, donde se conoce al que vende droga, al sicario, y al que de a poco se esfuerza en tratar de salir adelante. Ejemplos locales sobras, basta escuchar “Pistolas y Carriolas”, del MC Manos Sucias, que en una de sus estrofas canta:

“Otro adulto sin estudios que murió por metal, porque cambiar el plomo en plata es una alquimia letal/ desfile de carrozas en el multifamiliar/ataúd o narcofosa dónde va a descansar/ la muerte escribe en prosa y aquí vino a buscar algún alma deseosa de encontrar un hogar/ en un verso en una hoja de su obra estelar».

O en “Locura”, del mismo artista dice:

“Me dicen Manos, habla de kilos en maletas, de sangre y metralletas/, de los Beltranes y los Zetas/ inventa un personaje y cuéntales de trocas con blindaje/ como si lo vivieras, como si los AK 47 los vaciaras/ como si las cabezas de los rivales las cortaras/ y los millones en billetes de doscientos los contarás”

Pero no es el único, en la ciudad lo escribe MalaFama en “Hoy”, lo ha hecho Golosinómano en “El rey del mundo”, lo ha hecho Don Kalavera en “Carta al presidente”, lo hace Hadrián Salguero en “México, lindo y herido”, lo mismo Akil Ammar en “20 de junio” y “43”, por mencionar algunos ejemplos.

Finalmente, le falta al arte mayor compromiso con el desastre, entender que la belleza que se busca alcanzar nunca será tal si está desligada de la honestidad de ser el puente entre lo horrendo y la verdad. Basta voltear a ver el ejemplo de Colombia y de Italia para entender que el arte es el mejor camino para detener la inercia de muerte que lleva el país.

Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

Acá los links:

Pistolas y carriolas

Locura

Hoy

El rey del mundo

Carta al presidente

México, lindo y herido

20 de junio

43

 

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