EL QUE RÍE AL ÚLTIMO

Guillermo Prieto

Retrato de Guillermo Prieto, autor desconocido.

Alguna vez los defensores de la hipótesis Sapir-Whorf, que grosso modo afirmaba que la lengua determinaba al pensamiento, se asombraron por las reveladoras diferencias en la percepción de las gamas de colores entre los hablantes de distintas lenguas. Sin embargo, ¿qué se puede afirmar acerca de la diferencia en la tesitura del humor que caracteriza a ciertas colectividades? Por ejemplo, el historiador Robert Darnton queda perplejo ante la inexplicable crueldad del humor de los franceses del siglo XVIII, que hallaban motivos de risa en una brutal masacre de gatos. Yo, por otro lado, me he preguntado desde hace tiempo: ¿por qué el humor mexicano gusta tanto de reírse de las “anomalías” del discurso? El borracho, el tartamudo, el extranjero con acento marcado, entre otros, son personajes recurrentes de los chistes mexicanos. Me rehuso a creer en una noción totalizadora como “picardía mexicana” que explique un “sentido del humor nacional”. Me adscribo a una hipótesis más modesta y por lo tanto, intuyo, más plausible: que nuestros objetos de risa son tan construidos como nuestros objetos de repudio o de afecto y que son resultado de nuestras negociaciones con nuestro entorno inmediato.

La historia mexicana, que durante el régimen posrrevolucionario fue urdida con hilos de seda y oro, es risible en directa proporción con su extraordinaria solemnidad. A fin de cuentas, no hay nada que haga más gracia que el ridículo de la figura más respetada. Hay que decir también que con el mismo ímpetu con el que nos reímos de la impostura excesiva de nuestros rituales nacionales nos disponemos a legislar e imponer a rajatabla la ortodoxia de los símbolos patrios: véanse los numerosos casos donde algún cantante ha intentado darle un estilo “personal” a su interpretación del himno nacional, no sin severas consecuencias legales.

Me resulta revelador el hecho de que una de las figuras fundacionales tanto de la patria como de la literatura mexicana haya sido nuestro mejor humorista: me refiero a Guillermo Prieto. Personaje conocido tanto por sus ingeniosos cuadros de costumbres como por su fiel servicio al gabinete itinerante del gobierno de Benito Juárez durante la guerra de Reforma. Incluso los episodios más dramáticos de sus Memorias de mis tiempos son contados con esa liviandad y buen humor que caracteriza su prosa. El montaje de cualquier discurso patriótico que pueda remitirse a las crónicas de Prieto encuentra allí mismo sus instrucciones para el desmontaje. Un ejemplo está en el archiconocido episodio en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, cuando un grupo de soldados conservadores se dispone a ejecutar al presidente Juárez. Prieto, poseído “de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta” se interpone y exclama: “¡Levanten esas armas! ¡levanten esas armas! ¡los valientes no asesinan…!”. Las historias patrias suelen enfatizar ese instante como la culminación del valor y el sacrificio desinteresado en nombre de un bien mayor. Sin embargo, basta continuar leyendo a Prieto para notar que la situación era más complicada que eso:

… y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y venía entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies… Repito que yo hablaba y no puedo darme cuenta de lo que dije… a medida que mi voz sonaba la actitud de los soldados cambiaba…[1]

La primera vez que tuve noticia de esta escena fue cuando dos compañeros míos en la primaria la interpretaron delante de todo el grupo. Sin embargo, después de releerla años después me pude dar cuenta de la sutil liviandad con que Prieto caracteriza este momento crucial que con el tiempo se volvería un lugar común de patriotismo. El cuerpo y, sobre todo, las palabras del autor de La musa callejera eran, en aquel instante, lo único que separaba a las armas conservadoras de tomar la vida del hombre que representaba la resistencia del gobierno liberal. No obstante, hay algo de iconoclastia implícita en la manera en que Prieto difumina sus recuerdos (“yo no sé qué hablaba en mí”, “no puedo darme cuenta de lo que dije”). Como aquellas palabras pronunciadas por el soldado republicano que perdona la vida del falangista Rafael Sánchez Mazas en Soldados de Salamina de Javier Cercas, las palabras decisivas de Prieto nos llegan sólo como una vaga e inexacta alusión. La tensión entre la ligereza con que Prieto, parafraseando a Pacheco, “se acuerda y no se acuerda” de sus propias palabras y la intensidad emocional del momento le otorgan a la escena un aire cómico. La fragilidad del relato nos revela que incluso los pequeños momentos que alteran el curso de la historia pueden ser el resultado de una serie de impertinencias o de equívocos. Prieto le concede un lugar a esa intuición secreta que albergamos la gran mayoría de los mexicanos: que nuestra historia nacional no es sino un larguísimo equívoco.

En ese tenor, nuestro más grande escritor realista sin duda sería Jorge Ibargüengoitia. Esto entendiendo el realismo en el sentido de escritura como crítica de una realidad social. En muchos sentidos Ibargüengoitia responde a la historia broncínea construida por el régimen posrrevolucionario de la misma forma en que, por ejemplo, Stendhal responde con humor a la gran historia construida después del reinado de Napoleón. Y al igual que Guillermo Prieto, parece darse cuenta de que un montón de seres humanos actuando o hablando “entre una nube de sangre”, es decir: en el calor del momento, puede decidir el rumbo de la historia de un país o al menos el de un largo y entreverado malentendido. Y hasta aquí hemos convenido que lo primero no suele estar muy lejos de lo segundo.

Unas cuantas palabras dichas a propósito de alguien, por ejemplo, en Estas ruinas que ves, pueden provocar un enredo tan complejo que sólo alcanza a ser despejado con un tajo limpio de absurdo. La narración de Los relámpagos de agosto es el intento de un personaje por desmentir una serie de enredos políticos a través de nuevos enredos. Esta última es una digna heredera de un par de grandes obras de la llamada “novela de la revolución” como son Los de abajo de Mariano Azuela y, sobre todo, La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán. Aún siendo éstas casi contemporáneas a los hechos narrados, demuestran una urgencia por denunciar la construcción de un discurso oficial en ciernes. Lo que la novela de Ibargüengoitia renueva es una guerra de guerrillas que ataca las formas mismas de hablar y de escribir de los grandes personajes políticos del régimen posrrevolucionario. Como en un interrogatorio inquisitorial o en una novela picaresca, el narrador de Los relámpagos de agosto, intentando justificar sus acciones, acaba por hundirse aún más. Tratando de limpiar su nombre, termina revelándonos que se trata, al igual que el resto de las figuras políticas del régimen, de un ser obtuso cuyo único atributo es su enorme ambición. El logro de la prosa de Los relámpagos es hacernos reconocer el lenguaje propio de los actores del régimen: una mezcla entre vaquero y orador de plaza municipal.

Sin embargo, la obra maestra de Ibargüengoitia es, en mi opinión, Los pasos de López o más precisamente, el protagonista de esa novela. Debe haber en nuestra novelística mexicana pocos personajes más fascinantes, siniestros y al mismo tiempo luminosos como el padre Periñón –apodado López en sus noches de juerga–. Su excentricidad sobrenatural y su furor vital son tan atemporales que bien podría haber vivido en la Grecia antigua, en la Italia del Renacimiento, en la Francia de las Luces o en Los Ángeles en el siglo XXI. Construido a manera de una interpretación libre de Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la Patria, el padre Domingo Periñón es la destilación de lo humano en toda su ambición, sus contradicciones y de su sed de libertad. Esto, claro, entendiendo la libertad al mismo tiempo como voluntad, pero también como condena. Aunque de nuevo Ibargüengoitia nos muestra los malentendidos y los equívocos que están detrás de los grandes sucesos de la historia, lo hace sosteniendo una tesis distinta aunque complementaria con la de Los relámpagos de agosto. Los humanos extraordinarios que transforman al mundo no siempre lo hacen por la vía del triunfo, sino también la del fracaso rotundo.

Igual que el borracho que se empecina por balbucir unas palabras que no consigue articular, estos seres están empecinados en sus equívocos. Es justo ese empecinamiento el que nos hace reír. Sin embargo, lo que Ibargüengoitia nos muestra a través de la figura del padre Periñón es una verdad que a veces se nos olvida hasta que la vivimos en carne propia: que no hay triunfo más glorioso que el de aquel que, después de ser de objeto de risas, tiene el placer de reír al último. El lector, viviendo aún en un México donde hemos cambiado la servidumbre a la corona por la servidumbre a amos igual de crueles como la autoexplotación, el agotamiento y el terror cotidiano, no sabe que Periñón, al final, ha conquistado la más dulce de las libertades: la de decidir su propio destino. Sentado en el calabozo, jugando a las cartas con sus verdugos, el mexicano –el ser humano– más libre que jamás pudiera existir, se ríe de nosotros.

[1] Guillermo Prieto, “Los valientes no asesinan” recogido en A ustedes les consta de Carlos Monsiváis, México, Era, 2006, pp. 152-153.

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Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es editor en Ámbar Cooperativa Editorial y actualmente estudia una maestría en Montpellier, Francia.

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