ENSAYAR, SORTEAR

No es ninguna novedad intentar recobrar el espíritu original de eso que llamamos “ensayo”. Hace no muchos años, Luigi Amara escribía acerca de la diferencia entre lo que en la actualidad conocemos como “ensayo” y aquello que dicho género fue en sus orígenes (que el autor remonta a Montaigne y Bacon). Amara, con la desenvoltura y precisión que lo caracteriza, hace la distinción entre el ensayo y el ensayo ensayo, valiéndose de esa efectiva reduplicación que le es tan cara al español mexicano. Tanto en Montaigne como en Bacon, nos dice Amara, “está la idea del tanteo, de experimentación, la inquietud de paladear las cosas por uno mismo”.

El concepto de ensayo proviene del término francés essai que a su vez se deriva del verbo essayer que podría traducirse al español como “probar”, “intentar” o “tratar”[1]. Y es que ha llegado el momento en que el ensayo se ha instituido como un instrumento de evaluación de los aprendizajes. Y como todo instrumento del sistema ha padecido la estandarización y la normalización que es necesaria para su aplicación en la mayor cantidad de situaciones posibles. También las formas no académicas del ensayo ya desde hacía tiempo habían sufrido una cierta normalización. Amara extraña de ellos esa subjetividad radical y su inherente búsqueda de sí mismo que acompaña la reflexión sobre distintos temas. Lo que se nos ha olvidado es el hecho de que todo ensayo es personal. De hecho, se puede constatar que las prácticas ensayísticas que intenta recuperar Amara son visibles en sus propios ensayos[2].

Las ideas sobre esta “ensayística pionera” resuenan en mí a través del concepto de “salvación” de José Ortega y Gasset que se encuentra en las primeras páginas de sus Meditaciones del Quijote, a las que me gusta volver con frecuencia. Ortega entiende la “salvación” como: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado”[3]. Entendiendo el verbo “salvar” en ese sentido, la famosa frase de Ortega: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” cobra un matiz nuevo[4].

Primera edición, Madrid 1914, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset. Primera edición, Madrid 1914, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

Puedo ejemplificar esta idea tomando un hecho y tratando de salvarlo. De hecho, se trató de un error que recuerdo con claridad. Hace unos años, cuando todavía era estudiante de Letras en la Universidad de Guadalajara, tuve la ocasión de asistir a una conferencia dictada por el celebrado poeta y crítico chileno Manuel Joffré. Su charla era un esbozo de una nueva genealogía de la literatura mexicana en el siglo XX. Al comienzo de la misma, recuerdo, apuntó que al preparar dicho texto no había tenido acceso a su biblioteca, por lo que lo había realizado basándose en su propia memoria. Lo cual, por otro lado, no le impidió realizar un censo bastante completo del panorama literario en México en las últimas décadas. Insertaba, asimismo, corrientes literarias poco favorecidas por la crítica como el Infrarrealismo, movimiento fugaz donde participaron escritores que más tarde adquirirían renombre como Roberto Bolaño, José Vicente Anaya y Mario Santiago Papasquiaro. El Infrarrealismo, dicho sea de paso, cobró notoriedad a partir de la publicación y éxito comercial de Los detectives salvajes de Bolaño, donde dicha vanguardia rabiosa aparece travestida con el nombre de “viscerrealismo” o “realismo visceral”. Al final de su ponencia, objeté, de forma atolondrada y poco afortunada, debo reconocer, que Joffré incluyera al infrarrealismo, el cuál no había tenido repercusiones en su momento y que ahora figuraba en el panorama ayudado en gran parte por su aparición en la novela de Bolaño. Joffré me respondió con buen ánimo que recordara que su propuesta era sólo un esbozo y que la estaba realizando haciendo acopio de aquellos nombres y textos que estaban presentes en su memoria. De inmediato me di cuenta que había cometido una torpeza al no reparar en dicho apunte al momento de juzgar su esbozo. En realidad, Joffré nos ofrecía en ese momento un texto con un valor especial, puesto que se trataba de una genealogía de la literatura mexicana construida de forma personal, atendiendo sólo a aquello que había dejado huella en él.

A propósito de otro tema, hace tiempo reflexionaba sobre la diferencia entre el recorrido estricto, riguroso y metódico que exige el trabajo académico, y ese recorrido que se impone según las circunstancias y que nos obliga a trabajar con lo que hay, con lo que se puede, con lo que se deja asir. A esta manera de escribir abriéndose paso, la llamé parkurso, en oposición al “discurso” tradicional.

parkour

“El método natural” del instructor francés de educación física Georges Hébert. Este método se considera el precursor del parkour.

Igual que quien practica el parkour, deporte donde el individuo busca abrirse paso entre los obstáculos de la ciudad asiéndose de donde le sea posible, la escritura del parkurso es un intento por sortear los obstáculos que impone el mundo moderno: la razón instrumental, la condición subalterna, la autocensura, las trampas ideológicas, etc. Una forma de escribir tratando de asirse de lo que se pueda, lo cual se convierte en tu plataforma sólo por un instante, mientras das el siguiente salto. Siempre con miras a alcanzar una posición desde donde sea posible tener una visión de conjunto y, sobre todo, ver el horizonte por encima del atiborrado paisaje moderno.

Eso que entonces llamaba parkurso, en realidad es el nombre que, para mí, recibe la salvación orteguiana en acción y que tiene su origen, por supuesto, en el concepto de ensayo como “prueba” e “intento”. Hoy en día, que me encuentro lejos de mi biblioteca (¿quién dijo aquello de que ‘la patria se encuentra dónde está su biblioteca’?), escribo tratando de parkurrir, en vez de discurrir. Quizá el atleta del parkour, igual que el ensayista ensayista (por usar la expresión de Amara), con su afán de sortear obstáculos a toda costa y su insaciable deseo de horizontes, lo único que busca en ese trayecto lleno de certezas heurísticas es descubrirse a sí mismo.

[1] Luigi Amara, “El ensayo ensayo” en Letras Libres, 05 de febrero de 2012.

[2] En una entrada anterior de este blog se habló de Una caja dentro de una caja dentro de una caja de dicho autor.

[3] José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, Madrid, Espasa-Calpe.

[4] Hace no mucho, en este mismo espacio, recuperaba este mismo concepto a propósito del libro Las gallinas no tienen remedio de Luis Palacios Kaim.

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Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es editor en Ámbar Cooperativa Editorial y actualmente estudia una maestría en Montpellier, Francia.

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