ESCRIBIR UNA NOVELA

Revisaba mis diarios de adolescente y empecé a considerar que escribir a una edad temprana le brinda una nota edificante al resto de la vida, como despertar a un día de trabajo haciendo el amor.

Le he contado a mis amigos y a uno que otro bebedor sobre mi indisciplinado esfuerzo para escribir una novela. Esta transcurre en el presente, captura conversaciones y relata episodios en la vida de los asistentes de artistas en esta ciudad. Pienso que la energía del chismoso no es el mejor pretexto para escribir un libro, tampoco la curiosidad con que llevan su vida le añadirá algún peso literario.

He escuchado normas y leo, a veces trato el tema como en un entrenamiento que me llevará a ser mejor o peor en lo que se hace con palabras. En el gimnasio frente a mi casa frecuentemente se lesionan los entusiastas, terminan por dejar de ir. Los veo desde la ventana y trato de inventar algunos ejercicios: pruebo a escribir un párrafo entero en mi mente para olvidarlo enseguida, como si se tratara de un procesador de textos y lo hubiera cerrado sin querer. Trato de usar el celular para escribir ficción en los ratos muertos de las cenas aburridas y los actos oficiales. Entiendo que las escrituras en el arte se construyen con su propia tradición, todavía guardan algunos puntos ciegos que se pueden aprovechar.

Es obvio pero gentil referir al libro de Giorgio Vasari publicado en 1550, Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos. He tratado de estudiarlo con los matices de la identificación anacrónica, que es tan copiosa entre los que ignoramos.

Cuando John Addington Symonds dice sobre el tema que «es obvio que Vasari a menudo escribía sin demasiado cuidado, confundiendo lugares y fechas, y sin preocuparse de verificar la verdad de sus afirmaciones» resulta liberador para justificar la ficción en lo que se hace. Si bien se da un problema ético representar a los otros bajo los ojos de uno, simplemente, nadie debería decirte que hacer. Claro que al terminar con la biografía de los demás, Vasari se apersona y elabora su propia vita. La obra termina a la razón del orden ortográfico para los apellidos o la llana humildad.

Llegué a Becoming Tarden de la artista neoyorquina Jill Magid por casualidad. El librito dormía en la librería de un museo y no estaba en el inventario, así que la dependiente me lo vendió por un precio que ella consideró justo. Esta primera novela organiza los sucesos que acompañan el proyecto presentado en la Tate Gallery en el año 2010, producto de una colaboración con el servicio secreto holandés para revelar su rostro más humano. La artista investigó los métodos subterráneos de la agencia con astucia e intuición. Magid estorba, con la buena lógica del do it for the story, en las fronteras de incomodidad que trazan los humanos para sus relaciones.

Otro conflicto se agrega al relato, el servicio secreto prohibió la publicación del cuarenta por ciento de la novela. Magid le dice al censor que obliga su contraescritura «Pienso pero no lo digo: escribes mi epílogo al hablar». El relato que acompaña al arte es generalmente más interesante que el arte en sí, por eso quiero insistir.

Consulté el I-Ching, el mismo oráculo y a la vez libro que me llevó a la escritura de mi novela. Le pregunté sobre mi futuro, ávido de novedades. El amable hexagrama, luego del intercambio de ruidos entre el suelo y las monedas chinas, me indicaba el enunciamiento sincero. Aún cuando el enemigo sea un gigante, si uno se mantiene honesto la batalla será serena.

Sueño con un león. Camino por la piel del león para llegar a su oreja, se me agita el suelo y no puedo sostenerme. Escapo como una mosca, regreso al cuerpo del poderoso sólo por el hecho de que está cerca y probablemente porque me llevará a comer.

***

Alan Sierra
Colabora en proyectos de arte como curador, escritor y docente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *