FIRMA DE LIBROS

Hace algunos años pedí mi primer autógrafo. A vino a Guadalajara a presentar un poemario. La extravagancia de formarse con un libro por lo regular recién comprado nunca antes me había entusiasmado. Si hacer cola es ridículo incluso en contextos ultraburocráticos, en una feria del libro, con el temperamento del admirador poseyéndonos, lo es mucho, mucho más. Aprecio la vergüenza que me contenía antes de ese episodio: a pesar de haberlo repetido más de tres veces y ante la posibilidad de que ocurra nuevamente, el acto de enfilarse por una dedicatoria —certificado de autenticidad reemplazo de aura benjaminiana— me resulta patético.

Debo reconocerle a A su capacidad de improvisación. Sin duda, su mensaje en mi libro ha sido el mejor, y me gusta que también haya sido el primero. Supongo que debí matar esa horrible costumbre aquel mismo día, retirarme mientras iba ganando. También debo decir que en esa ocasión ser la última de la fila resultó muy conveniente: pude platicar algunos minutos con él y hacer un resumen de mi vida que sirvió de referencia precisa a la dedicatoria: «Para Debra, con quien desertaría de cualquier lugar. Un beso alto». Como era de esperarse, mi adolescente interior lo presumió un buen tiempo a todos sus amigos.

La posibilidad de guardar evidencias caligráficas junto al hecho de que habían sido escritas expresamente para mí era emocionante. Me gustan los juegos de primeras impresiones tanto como a quienes van a que les lean las cartas. No obstante, los mensajes que acompañan las firmas de los otros autores a los que me acerqué con ese vergonzoso propósito son aburridísimos o parecen haber sido escritos más de cincuenta veces. Imagino que cada escritor tiene ya un inventario de dedicatorias tan vasto como su popularidad. Algunos se limitan a firmar debajo de un «Para _______», como si se tratara de numerar folios en lugar de escribir nombres. Y quizá es lo más sensato.

Pocas veces me he visto en la temible situación de dedicar algo hecho por mí. En una de ésas, me equivoqué: me comí una letra. Con discreción —dándole la espalda a la mujer cuyo nombre acababa de estropear—, tracé una «a» sobre una «n» procurando que no se notara: un desastre. Si el autógrafo se entiende como una especie de marca de agua, lo mío, en aquella ocasión, fue un escupitajo. Dar autógrafos puede ser más patético que pedirlos. Por supuesto, he tenido que buscar consuelo, y lo hallé en la posibilidad de que aquel error fuera en realidad una manifestación de mis convicciones respecto a la propiedad intelectual. Como no me interesa enaltecer la autoría, ¡al diablo con los autógrafos! Agradezco a mi torpeza su oportuna aparición para salvaguardar mis principios.

Me arrepiento, pues, de haber pedido que me firmaran los libros que me firmaron. Pero me arrepiento especialmente por un par que no me interesa seguir leyendo ni conservar. Mi nombre en pluma negra y cursiva parece advertirme que los poseeré por siempre. No sé si alguien más querría adquirirlos con garabatos ajenos y contemporáneos. Solemos apreciar los rastros de escritura manual antiguos por la nostalgia y el morbo que la distancia temporal nos induce. Pero también creo que esas palabras, tan genéricas y actuales, podrían estar dirigidas a cualquier persona y no debería ser relevante el nombre que aparece.

Cuando pienso en los autógrafos, recuerdo a cierta mujer que conserva en la sala de su casa un retrato suyo hecho por cierto pintor tapatío. Segura de que cuando éste muera la obra valdrá mucho, cada cierto tiempo investiga si el artista sigue con vida. ¡Creo que haré lo mismo!

Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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