HOJA DE VIDA

 

En tiempos de urgencia algunos hechos pueden ser interpretados como alternativas. Probablemente no elabore la justa biografía que merece el matrimonio Albers pero algo obtendré. Robert Motherwell afirmaba que quizá no se pueda enseñar a ser artista pero paradójicamente sí se puede aprender a serlo, generalmente esto se da por entrar en contacto con ellos.

Dos profesores de buenos hábitos atendieron el desarrollo de estudiantes y profesores que trabajaron en el Black Mountain College durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado. La buena mente de los invitados a instruir y el trabajo en los talleres dejaron un amplio alumnado dispuesto a defender lo que consideraban propio.

Josef Albers, un joven profesor que trabajaba en su ciudad natal, probó a estudiar arte por algunos años para luego integrarse a la Bauhaus de Weimar bajo la tutela de Johannes Itten. Annelise Elsa Frieda Fleischman se inscribió al taller de textiles de la misma escuela, el único abierto para ella, las aulas de otras artes aplicadas eran reservadas a los varones que tenían mejores oportunidades para conseguir contratos en el futuro terreno laboral. A reserva de las restricciones, Anni produjo textiles de gran mérito artístico y fue consciente del potencial industrial que guardaban estos objetos. Prototipos misteriosos, en este periodo diseñó una tela que por un lado absorbía el sonido mientras que por el otro reflejaba la luz.

Aquí parece que cuando las parejas comparten objetivos comunes se reservan un futuro promisorio. Poco tiempo después de que Anni llegara a Weimar y de que Josef fuera invitado como profesor a la Bauhaus, deciden casarse.

Luego de que la escuela decidiera cerrar frente a la presión del Partido Nacionalsocialista, el matrimonio se traslada a Estados Unidos. Josef y Anni Albers llegaron a Nueva York en el S.S. Europa el 24 de noviembre de 1933. Un artículo en el New York Times anuncia: “La llegada del profesor Albers es proclamada por sus patrocinadores del Museo de Arte Moderno como el comienzo de una nueva era en el aprendizaje del arte”. Los Albers trajeron consigo sus ideas de la Bauhaus de Alemania y las complementaron con su experiencia en América, se establecen poco después en un lugar campestre, que daría lugar al Black Mountain College en Carolina del Norte.

Cuando Albers llegó al Black Mountain y aún no podía hablar el idioma con fluidez, un estudiante le preguntó por su objetivo en el colegio. La respuesta del profesor fue simple: abrir ojos. A pesar del tono escueto, la frase resume en gran medida el compromiso de Josef Albers con sus alumnos: si un profesor lograba que un estudiante de arte viera más claro le habría concedido una gran ventaja.

Anni no solamente hizo objetos en Estados Unidos, también se convirtió en una prolífica autora. Sus breves ensayos recogen reflexiones importantes del periodo en el Black Mountain College pero también animan el espíritu. Su firme apostilla por la independencia es un producto probable de la migración acelerada que los obligó a dejar Alemania, pero no deja de ser un consejo para la vida diaria:

Lo más importante para crecer es verse a uno mismo dejar el suelo seguro de las convenciones aceptadas y encontrarse solo, autodependiente. Es una aventura que puede permear todo el ser. La confianza en uno mismo puede aumentar, el anhelo por la emoción puede satisfacerse sin estímulos externos, desde uno. Crear es la agitación más intensa que se puede llegar a conocer.

Se dice que esta pareja puede compararse con una secta religiosa integrada por dos personas dedicadas principalmente al trabajo. En una fotografía de 1946, retrato de la facultad, los Albers aparecen del lado izquierdo, un tanto aislados, usan ropa de blanco impoluto, guardan un aire individual de seriedad. Su figura es fantasmal.

La característica más afortunada del Black Mountain College era la oportunidad de vivir las experiencias con amigos y estudiantes en el día a día. Los habitantes dedicaron largas temporadas en el campo a producir pero también a compartir. Las ideas de Albers encajaron bien con el lago y el paisaje circundante, se le escuchaba decir en clases “Distribuir posesiones materiales es dividirlas, distribuir posesiones espirituales es multiplicarlas”.

La memoria del matrimonio se nutrió de las relaciones que establecieron con la comunidad artística en América. En una ocasión durante los últimos años que los Albers pasarían en el campus, Robert Rauschenberg y Susan Weil –entonces estudiantes– se ofrecieron a transportar una serie de delicados cuadros del reconocido artista a una galería en Nueva York. La artista recuerda entrar a la sala, las luces artificiales se encendieron para iluminar un espacio anodino en el que se exhibía una serie de cuadros. “Sentí un dolor en el estómago, era como entrar de golpe al mundo real” Weil describe una epifanía por contrastes, la vida en el campo deja pesos en la mente y en el alma que no se descargan con facilidad.

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Alan Sierra
Colabora en proyectos de arte como curador, escritor y docente.

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