LA POROSIDAD DE LAS FRONTERAS

SOBRE NO VOY A PEDIRLE A NADIE QUE ME CREA DE JUAN PABLO VILLALOBOS

Últimamente los muros han ocupado mucha de nuestra imaginación. Ya sea en la forma de barreras físicas o ideológicas, en ambos casos su propósito es más simbólico que práctico: contener la amenaza externa, en forma de agentes externos que llegan para robarse puestos de trabajo, cometer crímenes y, en última instancia, convertir el territorio acotado en una extensión de su dominio extraño. El hogar puede considerarse como la unidad mínima de este acotamiento voluntario de la realidad. Dentro del hogar, se nos dice, reina la familiaridad que funciona como una suerte de transparencia que se construye a través de la convivencia habitual. Todo cuanto se aproxima al perímetro del hogar obtiene su ciudadanía en forma de domesticación: el extraño adquiere la condición de invitado; el animal adquiere nombre, función y rasgos humanos. De allí se puede entender la reacción exacerbada de los “defensores de la familia”: la subversión de este modelo significa la desarticulación simbólica de todas las fronteras en todos los órdenes.

El concepto de das Umheimliche, traducido como “lo ominoso” o también “lo inquietante extraño”, está asociado con esta ansiedad urgente que nos provoca la conciencia de que las fronteras de nuestra realidad inmediata son permeables e incluso ilusorias. Resulta del encuentro con aquello que somos incapaces de asimilar y por lo tanto nos pone en estado de alerta. Das Umheimliche es una noción espacial que tiene su origen en la palabra heim (“hogar”) pero también en heimliche (“algo secreto”): se trata de una ruptura (um-) con los límites del “hogar”, de lo familiar, pero también de lo que debería mantenerse en secreto.

El tema central de la novela No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016) del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) podría enunciarse utilizando la fórmula que sirvió de título a una serie de relatos de David Foster Wallace: “Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras”. Este libro, flamante ganador por el Premio Herralde de Novela 2016, es una historia que nos ayuda a poner de manifiesto los múltiples niveles de muros ilusorios que cohesionan el precario equilibrio de nuestro desamparo en las postrimerías de la modernidad.

Sin duda, la novela de Villalobos tiene aires de familia con el proyecto narrativo de “relato real” autoficcional cuyos principales exponentes son Roberto Bolaño y Javier Cercas en la galaxia hispanófona, mientras que en el cúmulo local mexicano se encuentra en obras específicas como Canción de tumba de Julián Herbert. Estas novelas persiguen el ideal de ofrecer un “relato real” recurriendo al desdibujamiento de la frontera entre autor e instancia narrativa. Como el parresiastés clásico que ocupara a Michel Foucault en sus últimos años, el narrador nos promete decir la verdad entera y sin ambages, poniendo como fiador a la figura del autor real. El juego parresiástico, en términos de Foucault, opera aquí en el momento en que el lector asume que el narrador tiene que estar diciendo la verdad si es que se atreve a asumir semejante riesgo, aunque éste sea más bien simulado. El éxito y beneplácito con que han sido acogidos tanto Bolaño como Cercas, por dar un ejemplo, dan fe de la efectividad de este recurso. Dentro de esta tradición de “audacia narrativa” se inscribe Villalobos con No voy a pedirle…

Utilizando una novela dentro de la novela se narra la historia de un joven académico y aspirante a escritor mexicano llamado Juan Pablo que se ve inmiscuido en los negocios ilícitos de su primo. Juan Pablo y su proyecto de estudios doctorales en Barcelona sirven como caballo de Troya en una trama internacional de lavado de dinero que involucra a criminales de alto perfil en México y en Europa. Asimismo, de forma paralela se cuenta por medio de un diario íntimo la historia de Valentina, la novia de Juan Pablo, quien lo acompaña hasta Barcelona y se ve involucrada, sin saberlo, en medio del complot. Estas narraciones están intercaladas con las cartas premonitorias que el primo de Juan Pablo envía y son recibidas post-mortem, las cuales nos revelan tanto a nosotros como a los personajes las claves de la conspiración. Allí se nos muestra una parodia bien destilada del lenguaje del “emprendedor mexicano”, una suerte de pícaro con diploma en escuela de negocios. Su sobrenombre, “el proyectos”, resulta revelador:

Has de pensar que te metí en algún pinche negocio raro, en algo ilegal, eso te pasa por estudiar literatura y vivir en el mundo de la fantasía y no saber cómo están los chingadazos acá afuera, cabrón, en la vida real. En la vida real los chingadazos están muy cabrones, cabrón, cuando quieres hacer negocios de muy alto nivel, de un nivel muy pesado, tú también te tienes que poner a ese nivel, pinche primo.

Asimismo, aparecen los correos electrónicos de la madre de Juan Pablo quien utiliza un lenguaje que condensa de forma caricaturesca la quintaesencia de “la madre mexicana de clase media”:

Pero tu madre no te escribe para contarte eso, sino para decirte que tu madre quiere que sepas que está muy orgullosa de ti. En el velorio, aunque no fuiste, el protagonista eras tú. Todos hablaban de ti. Tus primos a la pregunte y pregunte, se mueren de envidia de que vives en Europa. Ya ves, tanto que se burlaban de ti, tan poca cosa que les parecías.

Decir que No voy a pedirles…, como por ejemplo Soldados de Salamina o Canción de tumba, nos revela la porosidad de las fronteras entre realidad y ficción, entre autor y narrador, sería decir demasiado poco. La apuesta de Villalobos es mucho más alta: nos muestra que muchas de las fronteras que nos brindan seguridad son ilusorias. Por ejemplo, la frontera entre primer y tercer mundo: la oligarquía barcelonesa es tan susceptible a las maquinaciones del crimen organizado mexicano como lo es el ciudadano más pedestre de Guadalajara. Asimismo, se desdibuja la frontera entre mundo intelectual y “mundo real” (en palabras del primo): la maquinaria de la violencia organizada puede servirse del doctorante en literatura igual que de cualquier persona fuera de la “república de las letras”. Incluso la frontera entre la comedia y el horror se desvanece: la novela que se desarrolla dando trazas de una inercia humorística que nos mantiene en vilo, que nos adelanta un desenlace feliz y catártico, una punchline, la solución del entuerto o el beso feliz de la comedia romántica, acaba por darnos una lección mucho menos paladeable…

El personaje de la madre, que en Pedro Páramo obtuviera una dimensión mitológica para luego en Las batallas en el desierto transformarse en el epítome de la cursilería de la clase media mexicana, aquí adquiere un patetismo que desemboca en esa comicidad del perdón de la que habla James Wood en The Irresponsible Self: después de ridiculizar sin cortesía ni piedad los rasgos más cursis e incluso grotescos de la figura materna, ese tótem de la imaginación mexicana, la instancia narrativa nos invita a mirarnos en ella y compartir, por un instante, su mundo ilusorio. Ante el desenlace inexplicable de los hechos, la madre, cuya voz cobra por un instante la potencia de la Carlota de Del Paso, nos recuerda que los muros que erigimos para mantener lejos del hogar lo ominoso, lo no domesticado, también nos sirven como una forma de cuidado de sí y de los otros ante la violencia inexorable del horror. Igual que ella, todos nos procuramos de algún tipo de muro protector. ¿Por cobardía? Sin duda. Pero, ¿injustificada? No del todo. La verdad que se nos revela es tan ominosa, tan próxima y tan inmediata, que ni siquiera necesita pedirle a nadie que le creamos.

***

Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es editor en Ámbar Cooperativa Editorial y actualmente estudia una maestría en Montpellier, Francia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *