LECTORES INFINITOS

Soy un mal lector, doy saltos entre capítulos, abandono libros mucho antes de la mitad de la historia, olvido lecturas de una manera espeluznante y nunca recuerdo citas trascendentes de los libros que han marcado, como de manera pomposa se expresa, mi vida. Tampoco sé en dónde reside el gusto por la lectura, cómo incentivar a leer, qué libros recomendar ni mucho menos cómo lograr que un adolescente vea en un papel impreso algo atractivo, o por lo menos algo más atractivo que un teléfono con posibilidades infinitas de entretenimiento. Por eso es que no puedo explicar que soy parte de un club de lectura que está integrado, en su mayoría, por estudiantes de secundaria, que mes con mes eligen un libro y con disciplina monástica lo terminan, lo terminamos, con la única intención del disfrute.

El club de lectura, cuyo nombre, Letras Infinitas, se debe a Jimena Ortíz, comenzó como un simple reto entre dos personas: “si yo leo el libro que dices, tú debes leer uno que yo sugiera, quien no lo termine al cabo de un mes debe recompensar con algo a quien sí lo haga”. Y el reto comenzó a sumar lectores, quizá atraídos por la posibilidad de comer algo raro (después del segundo mes se estableció que quien no terminara tendría que llevar comida para los lectores cumplidos), de ser parte de un grupo o por el hecho de que leer es un acto tan rebelde que se necesita juventud para ejercerlo a placer.

Han sido ya más de ocho meses con libros de Jorge Ibargüengoitia, bien recibido; Amparo Dávila, cuyos cuentos resultaron complejos y sorpresivos, Francisco Hinojosa y Antonio Ortuño, cuyas novelas para adolescentes fueron un fiasco entre adolescentes; Fitzgerald con El gran Gatsby, una sorpresa para todos; el Necronomicón, que fue más bien un libro aburrido; Un mundo feliz, leído como agua que se va entre las manos; La noche que Frankenstein leyó al Quijote, quizá el de mayor frescura e interés; y nos aprestamos a leer El guardián entre el centeno.

Y aunque la lectura es un acto solitario, el lector puede ser un gregario, una persona que al terminar el libro se convierte en parte del colectivo de seres extraños que se apartan para luego comentar su experiencia. Y sí, es extraño que personas que tienen responsabilidades propias de su edad, películas a un clic de distancia, redes sociales de todo tipo y un sinfín de posibilidades de socializar, decidan ser empáticos gracias a la lectura. Que se arriesguen a ser señalados de ñoños, nerds, ratones de biblioteca, y tantas etiquetas más.

No sé qué le depare el futuro a esto que llamamos club de lectura, o si en algún momento nos convertiremos en anacrónicos o nos alcance el vértigo de la vida y nos impida dedicarle tiempo a un libro. Tampoco sé si se unirán más personas o si nos iremos quedando solos, como siempre en la vida, sin nadie con quien compartir nuestros hallazgos. Lo que es peor, todavía sigo siendo un lector disperso, para prueba bastan las dos veces que no pude cumplir con la lectura mensual (que completé días después), pero puedo afirmar que ahora soy un lector diferente, uno que espera que termine el mes para poder acercarse a otros para darles las gracias por compartir un hábito que decae de manera alarmante. Lo que sí tengo cierto es que gracias a Valeria, Jimena, Gala, Ale, Santiago, Azul, Carolina, JP, Álvaro, Maritza, Mariana y Mariana, puedo decir que sí, soy parte de un club de lectores que afirma, cada vez que termina un libro, que es infinito. Y todos estamos dispuestos a presumir nuestras lecturas a la menor provocación.

***

Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

2 comments

  1. La angustia que muchas veces he sentido porque no he podido obtener el libro elegido, o el placer de haberlo terminado antes que los demás son dos de los sentimientos que en este grupo se viven.
    Ahora nuestros corazones infinitos se llenan de alegría, gracias Gerardo.

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