LEER, PARAR, SEPARAR…

“Hola, amiga. ¿Te gusta leer?”, me pregunta al menos una vez a la semana un hombre que vende separadores en el Centro. No sé si tiene mala memoria, es muy persistente o muy jodón. Me he negado tantas veces que ya debería haberlo desmotivado. Quizá no me he esforzado lo suficiente; quizá nunca bastará decirle, honestamente, que no me interesan los separadores. Tal vez tengo que responder “¡No, no me gusta leer!”, aunque es probable que, en lugar de dejarme en paz, me corretee más empecinado que nunca para sermonearme. La tensión que experimento cuando lo veo es la versión peatonal del “¡No, no!” que el automovilista espeta al limpiavidrios cada semáforo.

Si bien acostumbro (necesito) señalar las páginas de los libros cuando interrumpo mi lectura, para hacerlo me valgo de casi cualquier cosa pequeña, delgada y limpia que encuentre a no más de un metro de distancia: un boleto de camión, un hilo, una hoja, un billete… Usaría un separador si lo tuviera a la mano, supongo. ¿O no? Quizá esto que me parece auténtica indiferencia es en realidad un asunto de convicciones. ¿Por qué tendré siempre a mi alcance cositas capaces de separar y nunca un separador? Aquí, algunas conjeturas: el separador me parece artificioso e innecesario. Y no tengo nada contra eso; es que la pausa en la lectura, casi siempre abrupta, me exige una reacción a la medida: improvisación (una muy sofisticada si es que en realidad programo los objetos de los que dispongo para separar libros). La personalidad azarosa que posee un separador improvisado es compatible con la inevitable pero a menudo poco predecible interrupción. Me parece que el separador hecho para separar desentona con esta característica de la lectura. Además, volver a un libro abandonado no importa hace cuánto y hallar en él algo que contextualice un poco las circunstancias de la renuncia, es una oportunidad muy valiosa. (Por los separadores que he encontrado en los libros viejos de mi mamá y por los títulos que separan, sé que hubo un periodo de su vida en el que era muy parecida a mí). Un separador es un indicio. Separar, y hacerlo con determinado objeto, es una decisión estética. Dotar, de pronto, de ciertas funciones a objetos que fueron hechos para otra cosa es una manifestación pequeña y fascinante de nuestra capacidad de agencia.

Lo más bello del separador ha de ser que existe como promesa de retorno. Es el suspenso materializado recordándonos que hay algo inconcluso. No sé si es ese compromiso lo que evado al ni siquiera preocuparme por aprovechar los que me dan en las librerías; creo que lo que me incomoda es que esta posibilidad se advierta en ellos como ordenanza implícita: “Debes volver al libro”. Cualquier otra cosa, en cambio, reposa silenciosamente; acaso susurra “Aquí te quedaste”.

Pese a mi cada vez más cuestionable indiferencia, sé que no estaría dispuesta a usar un separador repleto de publicidad con fotografías de novedades. La única vez que compré separadores fue por su belleza, no por su función separadora; los compré porque soy devota de lo inútil (eran inútiles, en este caso, porque no tenía intención de utilizarlos ni esperaba que quienes los recibieran lo hicieran). El que guardé para mí descansa en un cajón junto a otras cosas que atesoro; mientras encuentro un lugar menos privado para ponerlas, ahí me asomo de vez en cuando. Mi abuela, que es una entusiasta del reciclaje, recortó la cajita de uno de sus medicamentos y me regaló una laminita para usarla como separador; con todo y que es una adaptación, también fue a parar en ese cajón.

De toda esta verborrea concluyo que no estoy dispuesta, por ahora, a dejar de ver a los separadores como separadores para asignarles Yo Misma esa función —la posibilidad de dotar de esa capacidad a las cosas parece ser determinante. Soy un cacique de las cositas y los separadores. Lo que sigue es destapar, con un buen ejercicio de memoria, qué terrible experiencia pudo haber desatado este aberrante capricho. Tal vez es el hecho de encontrarme todo el tiempo a ese vendedor terco y molesto. Quizá es una resistencia ridícula a la obstinación del mundo.

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Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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