LOS VOLCANES

 

1

Parece que Mark Twain llegó al revés a escribir. Primero aprendió el oficio de impresor, se afilió al sindicato correspondiente y luego probó otros trabajos. Atraído por el prestigio de la navegación se entrenó como piloto de barcos de vapor, pero aquello le traería nuevas desgracias. El 21 de junio de 1858 su hermano moriría en la explosión del barco en el que trabajaban. Lo raro es que Twain ya lo sabía, había tenido un sueño premonitorio justo el mes anterior. Las circunstancias lo harían aproximarse a la parapsicología, se inscribiría a la Sociedad para la Investigación Psíquica. A Twain le interesaba adelantarse a las sorpresas.

En Virginia City, Twain probó en la minería, quería volverse rico en poco tiempo pero tampoco funcionó. Por esos años tomaría un trabajo como periodista en un periódico local y se dedicaría a escribir. No es raro que en los años venideros pasara largos periodos en el extranjero elaborando diarios de viaje que gozarían de un éxito casi instantáneo, sabía divertir. El humor es corto, un chiste demasiado largo se desmorona con facilidad.

El escritor visitó las Islas Sandwich, ahora el Archipiélago de Hawái, en junio de 1866. La casa en la que se hospedó es ahora un lugar famoso, por unos cuantos dólares uno puede quedarse a dormir en la Volcano House, en la choza que hospedó al que tiempo después sería llamado padre de la literatura norteamericana por William Faulkner.

Twain comienza su crónica de la visita al volcán al sospechar que cualquier maravilla puede parecer insignificante al que la visita por primera vez, pero que al poco tiempo se hincha y estira, se extiende como la miel sobre una superficie o como una enfermedad.

El volcán Kilauea, el más activo de los cinco que comparten la Isla de Hawái, comienza por aburrirle. Pero es cierto que la luz del sol puede opacar el brillo de fuerzas más jóvenes, los volcanes activos lucen mejor de noche.

Los exploradores decidieron emprender su recorrido a una hora en la que el cielo fuera negro. En un apartado que Twain llama La visión del infierno y sus ángeles, describe como al voltear para evaluar su compañía se encuentra con otros hombres, unos con el rostro más rojo que tendrán en sus vidas.

Dice Twain que los sonidos de la lava y la despresurización no le despiertan ningún reparo, que el olor del azufre es fuerte pero no es del todo desagradable para un pecador. Pero la sorpresa de encontrar un buen hotel en medio de la nada lo ha desconcertado mucho más que las visiones del volcán. Maravillas de la humanidad, la hospitalidad resulta más grata cuando es inesperada.

 

2

Siempre interesado por las ideas originales, Gerardo Murillo enfermó sus pulmones tras exponerlos a los vapores tóxicos del Paricutín. La oportunidad de experimentar frente a sí la violencia de un volcán en nacimiento no se da con frecuencia en las vidas humanas, los caprichos del subsuelo le corresponden a las vidas titánicas, al tiempo de los dioses y no al de los humanos, pero el Dr. Atl creyó que sí al de los pintores.

Siempre inspirado por las ideas más rápidas, Gerardo Murillo se presentó a una oportunidad inusitada. El avión le ofrecía la posibilidad de ver en el aire aquello que le fascinaba pero que le había lastimado la pierna, al grado de perderla por escalar. La experiencia sensorial de los volcanes, que comienza por el tacto de los pies en suelo firme, es intransferible. Lo entiende cualquiera que no encuentre los pasos para subir y bajar del monte aunque tenga compañía que lo lleve a cabo con gran facilidad.

La vista del aeroplano lo lleva a plantear un manifiesto del aeropaisaje. El Dr. Atl, atl del náhuatl que significa agua, dice:

A medida que la potencia de las máquinas nos transporta a planos cada vez más elevados, la Tierra se va convirtiendo en un mapa sin relieve, y la belleza de los contrastes del claro oscuro y de los colores desaparece. Llegará el día en que en una suprema ascención depasemos la etapa del Aeropaisaje para hacer, enseguida, el Astropaisaje, después el Galaxpaisaje y finalmente el Nulapaisaje (Si la nada no es una creación puramente humana, la nada deberá existir en alguna parte, y cuando demos con ella, la pintaremos).

Las ideas del aeropaisaje caen en congruencia con sus postulados prácticos sobre la perspectiva curvilínea. Una nueva forma de ver, para algo que ha estado allí desde hace mucho tiempo, o quizá la imagen de algo que no hemos podido responder, pero que intuyeron los sabios de la historia. Cuando uno llega a solas a lo alto se siente tan pequeño, pero también logra entender por qué los hombres creyeron ser el centro del universo por tanto tiempo.

 

3

Tuve razones para visitar la ciudad y viajé de noche en el autobús más barato, la sombra de un trayecto maltrecho me apresuró para llegar más descansado a los abrazos, pedí un coche que no tardó en llegar. El chofer hablaba y conducía muy rápido pero yo me quedaba dormido. Para no ser grosero abrí la ventana, el aire frío me parecía más puro porque la neblina se disipaba un poco más cada vez que respiraba, logré sacudirme el sueño.

Las colinas de una calle son imprevistas para el foráneo, los vértigos menores que produce la velocidad del automóvil en un terreno desigual advierten que la entrada a la ciudad es más elevada que en otros valles. En una de aquellas bajadas avistamos por segundos el amanecer dorado y justo abajo la naturaleza que circunda la ciudad con vigilancia amenazante. Entonces el chofer me dice “¡Mira qué buen recibimiento! Los volcanes se pusieron coronas”. Y lo dice porque dos cúmulos gemelos de nube flotan sobre los picos nevados del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl mientras los observamos.

El conductor continúa “¿Vas para el conjunto habitacional, verdad?”, yo le digo que sí, “¿Te quedas mucho? Ese edificio lo conozco bien. Si llegas arriba, donde están los lavaderos, podrás ver mucho mejor los volcanes”. La naturaleza es generosa en metáforas para los esperanzados.

 

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Alan Sierra
Colabora en proyectos de arte como curador, escritor y docente.

 

 

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