MEJOR POR ESCRITO

De primero a sexto de primaria tuve que soportar la presencia de un niño al que comprendí ya grande. I era un mocoso que se empeñaba en hostigarnos a todos; ni siquiera sus compinches estaban a salvo de sus babosadas. En tercer año me llamaba “Cerebrito”, apodo que en quinto —quizá tras haber visto la rima en clase de español— sofisticó; entonces comenzó a llamarme Debra Cerebra, sobrenombre que por fortuna no reverberó en voz de mis otros compañeros y cuyo ingenio —cegada por mi honor amenazado— tardé en reconocer.

Un catorce de febrero recibí un sobre suyo. Estaba hecho con la hoja chamagosa de un cuaderno de raya; decía “Te quiero mucho”, y lo adornaban un corazón rojo y una cara triste. Era una carta de arrepentimiento. En ella se disculpaba por las groserías dirigidas a mí y a otras tres niñas que, según sus propias palabras, también le gustaban. Prometía ya no decirme cosas feas; sólo me diría cosas bonitas.

Ésa fue la única ocasión en la que I me pareció un niño más o menos sensato. Yo sabía que aquello que había escrito jamás habría podido salir de sus fauces, siempre al servicio del desmadre. Por supuesto, no me hice ilusiones: ese mismo día I volvió a molestarme. Pero su gesto de buena voluntad me pareció tan raro, que pude apreciarlo al margen de los agravios pasados —y futuros.

La escritura, en manos de quien sea, es un artificio maravilloso; lo es incluso más allá de nuestras competencias gramaticales y literarias. Pienso en esa carta y caigo en la cuenta de que me parezco a I, quien sólo por escrito pudo aplacar su conducta silvestre. El hecho de que mis relaciones con las personas y con las cosas que más me importan se sostengan en buena medida a través de la escritura, para bien y para mal, ha condicionado mi disposición a exponerme en persona. Muchas veces he deseado ser siempre la que escribe: más ágil, más sensata.

Una vez un ensayista al que aprecio y admiro dijo que cierto narrador, a quien he leído con gusto, hablaba muy mal. Por mi experiencia, me interesé mucho en el caso y decidí constatarlo viendo el video de una entrevista que le hicieron. En efecto, era malísimo; tanto, que me sacó algunas risas mientras me mordía la lengua. Me pregunto a cuántos zopencos, diestros en el arte del disimulo por escrito, he leído. La posibilidad me tranquiliza a pesar de que estoy rodeada de gente que, sin proponérselo, hace gala de su brillantez donde quiera que se planta.

I: si por aquellos años esa carta hubiera sido mi primera aproximación a ti, habría pensado que eras un niño confundido y odioso pero sensible y bueno.

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Debra Figueroa

Estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.
~ ventanasabiertas.com

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