NO, YA EN SERIO

Hay una vieja fábula que cuenta que un día Tales de Mileto, el gran astrónomo y filósofo, se paseaba por un camino en las afueras de la ciudad y que, al ir distraído contemplando los astros en el cielo, tropezó con un pozo y cayó. Una esclava tracia presenció la caída y se rió de él: tan concentrado estaba en las cosas que ocurrían en lo alto que no prestó atención a aquello que se cernía justo bajo sus pies. Martin Heidegger afirma que la filosofía puede reducirse a la fábula del astrónomo y la esclava tracia: la filosofía es aquello que provoca la risa de las esclavas.

Según Heidegger, la seriedad del pensador, su diligencia y comedimiento con la verdad son objeto de las burlas de la gente ordinaria. Se puede decir que la seriedad es una virtud que acompaña al que persigue las cosas que son esenciales; la risa es cosa de los que van por la vida reparando en banalidades.

Pero, ¿entonces todo el que ríe está anclado a las cosas de este mundo? ¿y los que no ríen, están siempre ellos con la mirada puesta en el cielo? Y, en todo caso, ¿qué cielo?

Hay una opinión bastante difundida en torno a lo que aquí se podría llamar la capacidad “antibombas” de la risa. ¿A qué me refiero con esto? En conversaciones más o menos informadas se suele repetir que el humor tiene el poder de desmontar objetos discursivos considerados como nocivos (ideologías, prejuicios, contradicciones, dogmas, etc.). De las virtudes de la risa se habla como del escuadrón antibombas que llega para desarmar en urgencia un artefacto peligroso.  Pero, ¿qué significa este desmontaje? Considero que se refiere a una serie de operaciones que son propias de este humor antibombas el cuál procede a la escenificación paródica, grotesca y caricaturizada de un discurso “nocivo”, saturando sus líneas argumentales hasta mostrar su inaplicabilidad, su irracionalidad, sus contradicciones o bien sus generalizaciones fáciles.

El humorista procede como el hacker que satura un sistema aparentemente íntegro hasta hacerlo llegar a sus límites, con el fin de poner a prueba su operatividad en situaciones de crisis y hacerlo revelar por sí mismo sus debilidades. La construcción sutil y elegante de la ironía en Una modesta proposición donde Jonathan Swift defiende un proyecto para convertir a los niños pobres en alimento de los ricos, puede considerarse como un ejemplo perfecto de esta risa antibombas.

A modest proposal by Jonathan Swift.

La portada de A modest proposal de Jonathan Swift.

En semanas recientes se ha escrito mucho acerca del fracaso de los especialistas y los medios de inclinación intelectual (the punditry) para predecir los múltiples reveses electorales que han sufrido distintas expresiones del proyecto globalizador ante las crecientes reivindicaciones nacionalistas. Estos desencajados recuentos de daños parecen poner en predicamento la capacidad deconstructiva de la ironía. Tal vez la distancia que nos proporcionaba la ironía primero nos protegió de los discursos nocivos, pero luego nos brindó la falsa certeza de que cualquier peligro estaba conjurado. Nos equivocábamos: no importa cuánto se señale la desnudez del emperador, puesto que aún sigue vestido con sus privilegios.

En su artículo titulado “Cómo vivir sin ironía” publicado en noviembre de 2012 en el New York Times, Christy Wampole nos dice que la “ironía es el ethos de nuestra época”. La autora se asume a sí misma como miembro de la “generación X”, quienes alcanzaron la adultez en las últimas dos décadas del siglo XX, con el fin de la Guerra Fría, los grandes relatos y, de paso, la modernidad. Siguiendo ese modelo generacional de fundamentos bastante mercadológicos, afirma que el fenómeno hipster con todos sus postureos, extravagancias y gestos posmodernos ha construido su identidad a partir del abuso de la ironía auténtica que estaba totalmente justificada para las generaciones precedentes. El momento más interesante del artículo de Wampole es cuando afirma que “este ethos irónico puede desembocar en una vacuidad e insulsez de la psique individual y colectiva”; y nos advierte que “históricamente” esos “vacíos” acaban por ser ocupados por elementos “nocivos”. Entonces se pregunta: “¿acaso un legado irónico es un legado como tal?” (It is an ironic legacy a legacy at all?). Tratando de proponer una solución a estos abusos de la ironía, la autora nos redirige hacia la infancia, la cual no conoce de imposturas discursivas: si hemos de superar las trampas de la ironía, debemos volver a la cándida y sincera seriedad infantil.

Es evidente que su postura no es muy distinta de la de Heidegger: el mundo de la ironía (el de las criadas risueñas) es un mundo banal y vacuo, semejante a ese mundo de las apariencias que aborrece Platón. Debemos regresar a la seriedad y la circunspección de la curiosidad infantil. Sin embargo, Wampole unas líneas antes afirmaba que, además de los niños, también los fundamentalistas, los dictadores y la gente dedicada a maniobras políticas nunca emplean la ironía.

Entonces, ¿con tal de recuperar la autenticidad de la infancia debemos renunciar, parcial o totalmente, a un rasgo humano que nos distingue de algunos de los seres menos confiables que hay allá afuera?

No, ya en serio: me rehuso a creer que todo legado irónico es imposible. Por supuesto que al estar anclada a las condiciones particulares de un momento histórico particular la ironía es susceptible a perder su efectividad con las mutaciones del tiempo. Recuerdo bien las larguísimas discusiones que presencié en las aulas universitarias tratando dilucidar si la representación del personaje de Felicité, la criada adoradora de loros gigantes de Un corazón sencillo de Flaubert, era un gesto ordinario de ridiculización de su personaje o una muestra magistral de ironía, con un autor que se reía tanto del personaje como del lector. Sin embargo, la confusión absoluta de una expresión irónica del pasado también puede tener una significación decisiva para el presente. Por medio de Max Brod, su amigo y albacea, sabemos que Franz Kafka recitaba para sus amigos, en medio de sendas carcajadas, las primeras páginas de El proceso. Resulta inquietante pensar que el escritor checo hubiera concebido de forma irónica una novela que retrata con excruciante precisión el devenir de las relaciones entre institución e individuo durante el siglo XX: el chiste de hoy puede ser el drama del porvenir.

Por eso nunca debemos abandonar la ironía, porque a través de ella podemos intuir, incluso por accidente, lo que Benjamin llamó el “heliotropismo secreto” de las cosas, que siguen diligentes al “sol” que se pone “en el cielo de la historia”. Y porque ¿quien sabe?: quizá no estemos lejos de una sociedad donde los ricos devoren a los niños pobres como proponía Swift. Allí es donde reside el verdadero legado de la ironía: nunca hay que subestimar el poder dolorosamente premonitorio del más descabellado de los disparates.

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Alejandro González Palomares
Egresado de la carrera de Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Es editor en Ámbar Cooperativa Editorial y actualmente estudia una maestría en Montpellier, Francia.

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