PARA LA BUENA SUERTE

El verano del año antepasado el museo en el que trabajo exhibió un conjunto de listones dispuestos en una pared perforada un centenar de veces, a lo largo de dos pares de metros. Las cintas reproducían en una forma más organizada y artística la usanza común en la Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim, al norte de Salvador de Bahía en Brasil, en la que los habitantes y turistas piden deseos al adquirir pulseras. La magia del souvenir es parecida a la de una máquina del tiempo: memoria de viaje y también recordatorio de propósitos para el futuro imaginario.

La instalación de Rivane Neuenschwander Eu desejo o seu desejo (Yo deseo tu deseo), 2003, interpuso un trámite. Para llevarse alguno de los listones era menester entregar en un papel enrollado una solicitud más propia que la recién adquirida. En ese intercambio extraño el conjunto fue mutando. Se volvió mapa pero además devino personaje que conoce al visitante pues es bien sabido que los vecinos comparten un lenguaje, una forma de pensar, un itinerario de preocupaciones.

Recuerdo que una colega dejó un deseo que al día de hoy me regresa las ganas pero también la angustia: Deseo saber qué es lo que debe hacerse y cómo llevarlo a cabo. Esa frase me persigue, duermo repitiéndola para desengañarme de la falta de casualidades para los jóvenes que me rodean.

En el lugar original se le pide al Señor un deseo y se le paga con un voto: pulsera que amarra tres veces la mano. Gracias a la gentileza de una amiga que viaja con frecuencia yo llevé el tradicional regalo por un año atado a la muñeca izquierda. Mientras lo anudaba pensaba en mi anhelo y lo oculté con vergüenza biográfica, me cargaba una responsabilidad demasiado grande porque era posible que yo también entregara el intento al abandono. La cinta se ha roto por desgaste natural, en sus últimos días parecía más un embrujo que un acto de fé, una hilacha de tres colores.

Me he diagnosticado un padecimiento a causa de casualidades, es difícil encontrar sentido sin hablar de sincronicidad. Con frecuencia la labor de investigación apunta a la búsqueda de pensamientos paralelos. Esta es quizá una razón por la que lo hacemos: quisiéramos que nuestras ideas se sientan un poco menos solas.

Pocos meses atrás otra artista confidente, aficionada a la literatura y a los métodos de adivinación, me colocó un estambre de lana en color rojo, en la misma muñeca y por otros motivos. Ella me ha pedido jurar que deje de juzgar a las personas, que no profiera insultos o miradas de odio. Es un voto difícil pero me prometió a cambio la protección.

Hoy recordé la escritura de una intención inquietante que nunca me atreví a intercambiar en la exhibición que mencioné: Deseo poder aprovechar las oportunidades que se me presenten. Las diferencias que alejan el caso de las peticiones del aparato rojo me han quedado claras. Prefiero el segundo voto pues la magia se alimenta mejor de la confianza que de la paranoia.

***

Alan Sierra
Colabora en proyectos de arte como curador, escritor y docente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *