PODER LEER

Mi amiga Ale escribió un ensayo sobre la apropiación de los espacios cuando hacerlo implica transgredir los propósitos para los que fueron creados y sobreponerse a circunstancias contrarias a ese fin. Ella observó este fenómeno en el acto de leer en el camión. No he tenido oportunidad de leer el texto, pero sí de pensar mucho en mis hábitos de lectura. Mientras hablábamos, aunque no lo comenté —para no estropear la conversación con mis asociaciones terribles—, recordé la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 20151: «… siete de cada 10, de entre los [encuestados] que “no leen”, afirman que no lo hacen por falta de tiempo, una causa mencionada tres veces más que la apatía o el aburrimiento».

Leer es un ejercicio prescindible, pero las posibilidades que guarda bastan para que algunos lo hagamos o aspiremos a hacerlo. Leer es una práctica deseable como cualquier otra capaz de estimular nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia. (Comer, escuchar música, cocinar, ver una película, bailar, escribir, tejer…, son actividades que poseen esa misma cualidad). Y ya. Cada quien sabrá por qué lee o no lee.

La jodida premisa de que «los mexicanos no leen», a menudo descontextualizada, suele interpretarse como un asunto de gusto o costumbre: «a los mexicanos no les gusta leer». Se nos olvida algo obvio: estar en posibilidad de leer, poder leer, es una condición para leer. ¡Ajá! El acceso a es muy distinto del gusto por. La misma encuesta ofrece información relevante al respecto; trataré de introducirla con la elegancia que estos recursos admiten:

¿Cuáles son las razones por las que usted NO LEE?2

Por falta de tiempo 70.5%
Me da flojera, me aburre leer 18.6%
Porque no me gusta 14.3%
Por cansancio 11.4%
Porque prefiero otras actividades 10.0%
Porque no veo bien 8.7%
Porque los libros cuestan mucho 8.3%
No tengo un lugar apropiado 4.2%
Porque no sé qué leer 4.1%
Porque no hay difusión de la lectura 3.5%
Porque me quedo dormido 3.4%
Porque es difícil 3.2%
Otra 2.0%
Enfermedad 1.4%
No hay material en mi lengua 1.3%
No tiene libros 1.2%
No lee bien 0.2%

Salvo por la flojera y el aburrimiento, la falta de gusto y la opción por otras actividades, —excepciones cuestionables—, cada uno de estos versos resulta dramático y doloroso no por el hecho de que haya personas que no leen, sino porque da cuenta de los motivos por los que muchas no pueden leer. Si pudieran y decidieran no hacerlo, sería maravilloso: sería un asunto más de voluntad que de oportunidad, vaya. Quizá entonces serían pertinentes, ahora sí, todas esas iniciativas de fomento a la lectura.

*

Las mañanas son, según yo, el momento ideal para leer por puro antojo. En vacaciones, apenas abro los ojos, cojo el libro en turno y me acurruco en un extremo de la cama. La claridad mental del que duerme bien y la luz de las siete me ponen contenta, dispuesta. Así es en vacaciones. La mayor parte del año leo cuando tengo oportunidad de hacerlo, casi siempre por la noche o de madrugada; y aunque me resista, también duermo, a veces.

Soy una persona que puede leer, y aun así hay ocasiones en las que, «por falta de tiempo», «por cansancio», no encuentro oportunidad de hacerlo. Temprano, voy a la universidad; por la tarde, regreso a trabajar; de noche, hago algo de tarea y me acomodo, como puedo, a la selección de lecturas programadas para cada asignatura. Mi rutina es la misma que la de un montón de gente atareada; tengo que arrebatarle algunas horas para darme tantito gusto y sobrevivir a ella.

La gente no tiene tiempo para leer. La gente está cansada. ¿Por qué una mujer o un hombre que trabaja entre ocho y doce horas diarias querría llegar a su casa a leer o leerles a sus hijos? La lectura queda relegada a espacios de tiempo tan reducidos que son incómodos e inapropiados: ridículos.

*

Antes de cambiarme de centro universitario, en lugar de la insufrible ruta 380, tomaba la 626, una con menor demanda y choferes menos carrereados: un camión suficientemente cómodo y apto para la lectura. Con un asiento libre seguro, leía mucho más entonces; dormía más, también. ¡Era una persona menos cansada! Quienes sostienen este sistema de transporte público no se imaginan que incide incluso en los hábitos de lectura de los usuarios. Ahora, además de cazar camiones en Periférico, durante el trayecto, siempre de pie, me dedico a cazar experiencias para evitar que mi tiempo se consuma inútilmente. Soy experta en tresochentas.

¡Al diablo con sus campañas de fomento a la lectura! Exijo tiempo libre y un transporte público digno para leer cuando se me dé la gana.

 

1 Los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015 están disponibles aquí: https://observatorio.librosmexico.mx/encuesta.html

2 Por ser una pregunta de respuesta múltiple, no suma cien. Se muestran los porcentajes de menciones.

***

Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

3 comments

  1. Me hizo recordar aquella ocasión en que mientras me comía mi torta de milanesa durante mi receso del trabajo , estaba leyendo El Maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte…con una mano la torta y con la otra el libro. Estaba en la parte final, masticaba frenética mientras “ocurría” en mi libro un emocionante duelo de esgrima que decidiría el final de la historia, era tan intenso lo que leía que poco importaba el sitio donde estaba y lo picante del jalapeño de mi torta, cuando…un señor interrumpió mis alimentos con una serie de reclamos hacia la empresa en la cuál trabajo. Me causó tal indignación su falta de respeto, sacárme de golpe al mundo real y con tan malas maneras…que me hubiera encantado pedir el florete al maestro de esgrima !
    En fin, son las cosas que pasan cuando una lee en la calle.

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