¿POR QUÉ LAS COSAS SE PARECEN A SUS DUEÑOS?

Tengo un recuerdo vibrante y fiel: despierto sobre una cama recién conocida y arrojo la mirada al techo como quien busca en el cenit la mejor respuesta para una gota de agua en la cara. Hace algo de frío pero no pierdo el tiempo en cubrirme el pecho porque me siento valiente. Volteo a mi lado, el muchacho todavía duerme, sueña con algo mejor.

Sospecho que son las seis porque las diligencias me han acostumbrado a despertar inquieto y responsable. Las cosas son de un gris pálido mientras amanece. Afuera se condensa el ruido de la capital, pero adentro se escucha una música de calma y pena, un par de claves de madera que tocan el ritmo pobre de una canción. Son los segunderos de un par de relojes gemelos, sus mecanismos están un tanto desfasados. Uno detrás del otro con cortesía, como cuando se camina acompañado por una banqueta llena de gente.

En este punto es complicado comprobar su discordancia, cuando se fijan los ojos en las manecillas de la izquierda las de la derecha se adelantaron por unos pasos y se perdió el espectáculo completo. Hay un problema de percepción, le pasa igual al miedoso cuando percibe un fantasma que ensombrece el rincón sin dejar más evidencia que la memoria. Siento un escalofrío, una premonición.

Los originales Perfect Lovers de Félix González Torres fueron exhibidos con dolor pero entendidos con elegancia. Durante el periodo entre 1987 y 1990 González Torres elaboró tres ediciones más una prueba de artista. Al mismo tiempo Ross Laycock, su más querido, padecía la pérdida rápida de linfocitos T que lo llevaría a la muerte. Ese mismo año González Torres fabricó otro ejemplar con relojes blancos para la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York. El instructivo de instalación especifica que los relojes se instalan casi tocándose y arrancan sincronizados sobre una pared de color celeste.

Con el tiempo la crítica ha reconocido el genio de la selección, el buen gusto, la delicada referencia al diseño de interiores que se repetiría en cenefas, cortinas, bulbos de iluminación. También ha habido elogios para el otro lado, lo privado al exterior, ese que se preocupa por los recursos de la vida común.

En las hojas de registro de las obras de arte se lleva un récord preciso, como cuando se levantan reportes de síntomas para el cuerpo enfermo, se pasa por la interpretación para llegar al diagnóstico. Temo algo diferente, le sobrevivo por unos minutos a la presencia de una copia. Los ruidos en mi cabeza parecen rogar: ¿Cuánto tiempo tardarás en entender todos estos chistes? En un experimento como este ¿cuánto tardará en hervir el agua de la verdad? Entonces el muchacho se despierta y me dice hola.

En la tierra mediana he tenido amigos que reproducen obras de arte por el placer de experimentar las verdades a las que llegan los artistas y que conocemos si dejaron algún diario o notas de generosidad. También los usan como pretextos para conversar de algo más original, sobre todo cuando las recientes adquisiciones de las colecciones are not on view.

Regresé a la ciudad en la que me corto el pelo con la convicción de volverme más fuerte y aún así me pongo a llorar cuando leo poemas de amor. Hundí el reproche en la dulce laguna del desencanto, me puse a leer una novela. En 2666 de Roberto Bolaño, el profesor Amalfitano aprovecha su parte para llegar a conclusiones que no requieren de mucha explicación. No es tanto la condena del exilio, la oscuridad del territorio o la realidad económica de la frontera la que tiene la culpa de ciertas imágenes en el libro. Prefiero mirar un contrato con la correspondencia.

Marcel Duchamp pensó el Ready-made infeliz como un regalo de bodas para su hermana. Las instrucciones enviadas por correo dictaban los pasos para colgar un tratado de geometría en la ventana, dejando al viento la capacidad para escoger un particular problema y al clima su desenlace. Amalfitano coloca una copia bastarda del Testamento Geométrico de Rafael Dieste en el tendedero del patio, al poco rato advierte

quiero decir que no lo he colgado porque previamente lo hubiera mojado con la manguera, ni porque se me haya caído al agua, simplemente lo he colgado porque sí, para ver cómo resiste a la intemperie, a los embates de esta naturaleza desértica.

Hace algunos días coloqué en mi cocina, al borde del alféizar que recibe el sol, una cebolla viva sobre la boca de una botella de vidrio verde. La idea, por supuesto, es de Simone Forti. Onion Walk se presentó en 1961 con cebolla y botella más experimentadas. Si el vegetal brota su peso cambia, entonces cae y continúa creciendo. Lo que resulta relevante para acercarse al experimento de Forti es su reconocimiento de la cebolla como una presencia. Al hacerlo la coreógrafa deposita la importancia que se le da a un actor, a un bailarín, a un personaje, en dos criaturas que cualquiera diría no tienen nada que decir. Además lo llama danza, porque la danza trata de los cuerpos en movimiento, de su reacción al tiempo, a la luz, a las fuerzas del suelo y de otros cuerpos.

Pienso que existen muchas razones para llegar a la copia, algunas destacan por su conveniencia, otras por su simpleza. En su conferencia para el Premio Nobel, Joseph Brodsky elabora sobre las intenciones del poeta

lo más probable es que se recurra a esta forma—el verso— por razones inconscientemente miméticas: el negro y vertical coágulo de palabras en medio del blanco de la página le debe de recordar su propia situación en el mundo, el equilibrio entre el espacio y su cuerpo

y esto bien aplica a los objetos.

Estos dispositivos mediúmnicos, trampas de mago, no sirven para revivir las intenciones del autor. Las copias florecen con nuevos significados porque son espejos propios, una experiencia de esta naturaleza conlleva su propia cualidad individualizante y es autosuficiente. Puede que me aturda tratando de entender pero no me quedan muchas opciones. Bolaño dice a través de un personaje y en el mismo libro que referí “que la vida de un hombre sólo alcanza para disfrutar a conciencia de la obra de otro hombre”, y yo tal vez me equivoque, pero creo que pasa lo mismo con las personas.

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Alan Sierra
Colabora en proyectos de arte como curador, escritor y docente.

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