ROBO A WALMART

Hace poco fuimos a Walmart a hacer algunas compras. Terminamos en media hora, más o menos. Apenas nos alejábamos de la caja cuando me di cuenta de que en mi mano derecha llevaba un paquete de rotuladores que no había pagado (lo tomé del exhibidor y no volví a reparar en él hasta que me estorbó al sostener la bolsa con los productos bien habidos). Inmediatamente me sentí muy avergonzada y me acerqué a la cajera para anunciar mi torpeza de una manera mucho más torpe: “Ya me estaba llevando esto sin pagar”. El rubor y la sonrisota incontenibles bastaban para que me creyeran, pero estaba tan apenada, que insistí en que había sido un descuido. Me disculpé y pagué. Enseguida, al recibir la nota —ese papelito prescindible unos minutos antes e igual de prescindible unos minutos después—, experimenté algo muy nuevo para mi buena consciencia: me sentí ridícula por mi falta de malicia: por no haberle robado al pinche Walmart —que, pensé entonces, se lo merece—. Pude haber rasguñado al monstruo sin perjudicar a sus trabajadores.

Lamenté no haber desarrollado la disposición a aprovechar o al menos a reconocer las situaciones de las que puedo beneficiarme. Luego me sentí culpable por haber deseado ser oportunista. La incomodidad que me produjo reconocerme como ladrona en potencia sólo pudo aplacarse añadiéndole algo de activismo al ejercicio imaginario. Mis hurtos tendrían que poder justificarse, y no de una manera facilona: ni la oportunidad ni la necesidad ni la codicia serían suficientes. Recuerdo que en Los ladrones viejos, el documental de Everardo González, los rateros entrevistados hablaban de honor: no lastimaron a nadie ni jodieron a gente jodida —o es lo que, en pocas palabras, aseguraban—. Un ladrón sin límites ni convicciones me parece despreciable. El hurto que yo había de cometer debía ser un acto lleno de elegancia: idéntico a mi robo involuntario, pero voluntario.

Por perezosa y porque no tengo madera de ladrona —por aburrida, pues— dejé de pensar en el robo a Walmart —en el robo, en general. Pronto volví a ir a otro supermercado. Llevaba mi mochila y el policía que resguardaba la entrada me pidió que la dejara en paquetería. Apelando a su sensatez, le respondí que no encontraba en mi bolsa nada que sugiriera cosas acerca de mi falta de honradez, que mi bolsa era como cualquier otra salvo por su par de asas traseras; pero su lealtad a la empresa —¿o el temor, tal vez?— pudo más que el sentido común. Ni una manifestación de empatía. Nada. ¿Por qué desconfían de mí? ¿Por qué confiaría en quienes desconfían de mí?: ¿por qué tendría que sentirme segura dejando mi mochila en paquetería? ¿Por qué son ustedes quienes establecen que son más dignos de confianza que yo o que sus intereses importan más que los míos? Me repugnó tanto que el hombre me recitara el credo de la tienda, que reprodujera prejuicios discriminadores, que no dejara ver ni poquita independencia…, que estuve a punto de hacer alarde de mi robo involuntario, frustrado por mi candidez, en Walmart: ¡sin bolsa!, ¡sin mochila!, ¡sin querer! Me puse la mochila y salí del supermercado.

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Debra Figueroa

Estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.
~ ventanasabiertas.com

 

 

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