SOBRE LA EDICIÓN (I)

“Este es un oficio de entusiastas. Es casi imposible ganar el dinero suficiente para compensar el entusiasmo que se pone en este negocio. Fíjese que hace treinta o cuarenta años lo único que tenían que hacer las editoriales era mantenerse a flote. Pero en el mundo en que vivimos, aquellas editoriales que se mantenían a flote fueron absorbidas en muchos casos por gigantes; Bertelsmann, por ejemplo, compró editoriales en todo el mundo, y esos gigantes se han sentando a esperar a que llegue el dinero a la caja. Lo que pasa es que eso no funciona exactamente así. Y no siempre son los grandes grupos los que colocan sus libros en los número uno; de vez en cuando hay alguien muy humilde que publica un libro que nadie conoce y que consigue ponerse a la cabeza de los best sellers. Hay misterios así. Cada libro que publicas es un experimento”, dice el editor Michael Korda en una entrevista con Juan Cruz, a su vez, editor durante algunos años de Alfaguara.

Ante tal afirmación no queda sino sumirse en una reflexión profunda, que por supuesto no saldrá de mis letras, para repensar en la labor del oficio del editor, si es que aún existe tal cosa. Y es que el negocio de los libros se convirtió precisamente en eso, negocio, sin las aristas que lo pusieron como el referente de la cultura, de la trasmisión de la palabra, del puente de ideas entre autores y lectores. Ante una avasallante cultura de consumo, el papel del editor ha quedado de lado, pues se busca imprimir y poner en la mesa de novedades lo más pronto posible a los libros, sin importar el paso necesario, quizá obligatorio, que todo texto necesita, la edición.

Y si las grandes editoriales van supliendo poco a poco el trabajo de alguien que se adentre en palabras desconocidas, que corrija o dé dirección a una idea, que aligere una montaña de enunciados o que simplemente decida, con las implicaciones que eso lleva, no publicar un libro, las nuevas generaciones tampoco están interesadas en rescatar el oficio. Los proyectos editoriales, y me acuso por generalizar, no buscan crear un catálogo interesantes de voces nuevas, no tienen interés en montar un espacio para dialogar y discutir las ideas de otros. Tienen, eso sí, las ganas de poner un libro en la mesa de novedades, de reimprimir lo más posible y de acercarse a las generosas becas que ofrece el Estado. Hemos caído en la tentación que nos ha ofrecido la industria editorial masiva, la de grandes cadenas, y queremos competir contra ellos, que imprimen más de lo que es posible leer, o mucho más de lo que nos interesa leer. Y esa no debe ser la intención de un editor. No de uno de verdad. Porque no es el dinero lo que va a sustentar un proyecto editorial, o una colección, ni mucho menos a un autor. Es la calidad de sus textos, los finales, los que llegan, si es que llegan, a los ojos lectores de alguien interesado en él.

 

Gerardo Esparza
Editor en De lo imposible ediciones.

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