SOBRE LESIVO II

La obra artística de Julieta García toma en cuenta a seis personas concretas que narran acontecimientos experimentados en su propio cuerpo y acomodados en su propio pensamiento: Mara, violentada en su propia casa por dos sujetos; Magdalena, agredida repetidas veces en vía pública por los rasgos de su cuerpo; Salomé, la auto flagelada por relaciones familiares tormentosas; Tamar, la que padece el abuso en su propia casa por un familiar; Dina, la mujer que padece la acción violenta de su propia pareja; y Prócula, la mujer que recuerda su experiencia de abuso como si fuera un sueño.

La investigación mantiene una postura Emic, algo que teórica y éticamente tiene sentido: para hablar de un hecho o problema social, no existe persona alguna más adecuada que la implicada en el mismo. Las consecuencias de dicha postura es que tenemos narraciones subjetivas hechas por seis mujeres que fueron afectadas en sus cuerpos de manera significativa: en sus vidas algo cambió a partir del hecho. El acto de narrar el hecho supone el uso y la función de muchas capacidades, señalaré solamente las siguientes: capacidades léxicas y gramaticales para narrar el hecho; de seleccionar la información guardada en la memoria con intenciones personales y subjetivas; y finalmente, de reconstrucción del hecho rellenando los “huecos” de información de manera creativa. Con todo lo anterior, las narradoras de su propia vida hacen otra serie de cosas más importantes: se protegen, se alivian, se transmiten y educan a los otros. Por nuestra parte, como sujetos externos al hecho, no comprendemos plena y existencialmente su sufrimiento y dolor. Aparentemente porque no todos vivimos tales situaciones en nuestras vidas. Sin embargo, no podemos afirmar que el hecho es ajeno a nosotros.

La cultura del abuso y la violencia está sumamente arraigada en nuestro país. En realidad no es privativo de género alguno, sino que se ejerce desde todos los puntos de vista y formas de vida posibles. La víctima siempre será cualquiera que se encuentre en una situación de desventaja, independientemente de la edad o el sexo, del estrato social o nivel cultural; es decir, cualquiera de nosotros mismos en momentos y circunstancias específicas donde nuestras frágiles esferas –construidas artificial y culturalmente para la protección sanitaria, política e ideológica– no alcanzan. Desear ejercer el poder de manera abusiva y conveniente al egoísmo personal y de grupo implica aceptar la condición actual de la sociedad, y con ello, aceptar que siga existiendo aquello de lo que nos lamentamos al momento de encontrarnos frente al hecho de manera contundente y directa. Esto es lo que pasa cuando leemos los testimonios al interior del libro: la verdad de una fuerte experiencia –aunque sea ajena– nos hace reflexionar sobre nuestro actuar egoísta. Pero explicar y acordar puntos simples para evitar los hechos violentos implica un trabajo con padres de familia, políticos, profesores y empresarios; lo cual parece una empresa que predice el fracaso desde el inicio. No hay juicio reflexivo alguno en los sujetos en condiciones de privilegio, sobre todo porque su único fin es el lucro y la acumulación de poder: por cualquier vía y a cualquier precio, los privilegios se consiguen.

Pero analicemos las consecuencias de que Julieta hubiese mantenido una postura distinta a la perspectiva propia de estas seis mujeres, como sería la Etic o externa: entonces, o bien hubiese tenido que interpretar el hecho desde fuera con una postura teórica fría y supuestamente “objetiva”; o bien le hubiese exigido a Julieta asimilar un hecho desde su propia estructura interna e historia personal, cosa que no necesariamente sería compatible con el tipo de información compartida por las mujeres afectadas por su pasado. Con todo, las experiencias de acoso y de violencia no son pocas ni exclusivas de los sectores vulnerables: de un tiempo a la fecha se hacen cada vez más evidentes los testimonios de las mujeres sobre este tipo de prácticas, y pareciera ser una constante común y generalizada. El Internet ha permitido el flujo de información de este tipo, los movimientos sociales se han encargado de que así sea. Con ello volvió socialmente visible aquellas cosas que creíamos solamente les pasaba a pocas personas. Ahora leemos –no sin una mezcla de tristeza y enojo– que no es así: familiares, amigas y personas que creíamos invulnerables han padecido dichos tratos.

El sentido de identidad y de la vida es el resultado de toda una serie de acontecimientos que se suman al paso del tiempo, por lo mismo, cada narración de un hecho es una historia parcial de la identidad personal y de la vida del sujeto que se narra. Con todo, en contextos tan marcados como el nuestro se generan acontecimientos similares en situaciones relacionadas entre sí: a pesar del paso del tiempo y del cambio de lugar, las vivencias compartidas por miles de personas tienen una relación directa con la situación y circunstancia histórica, así como también está motivada por las tradiciones culturales y discursivas. Uno de los problemas de Latinoamérica es que tenemos –de entre todas las posibilidades– como tradición a la violencia marcadamente narcisista y ruda por un lado; y a la práctica placentera y lúdica, pero egoísta, por otro. El ejercicio de las profesiones y de las prácticas ciudadanas mantienen una fuerte carga de dichas tradiciones: la explotación, o el uso y abuso del poder –en cualquiera de sus variantes– para ventaja individual o de grupo es una constante.

Pero podemos preguntarnos ¿por qué es relevante para el arte la obra de Julieta?, es decir, ¿qué tiene de diferencia una obra como esta de un libro teórico o nota morbosa sobre la violencia? La diferencia radica en el enfoque y en la manera de tratar el problema. Julieta no muestra burdamente la imagen violenta, sino que cubre tanto a las escenas como a las identidades personales; no se burla del hecho, sino que lo muestra en las propias palabras de las mujeres.

Independientemente del mercado y las vanguardias o modas artísticas, el trabajo con estas problemáticas propias es sumamente enriquecedor desde distintos puntos de vista:

  1. Desde un punto de vista antropológico o sociológico, como muestra de una problemática social.
  2. Desde un punto de vista crítico o filosófico: como muestra de la práctica cultural que evidencia los prejuicios o las ideas de todo tipo; desde las comunes y banales, hasta las más sagradas que son producto de la teología y la metafísica.
  3. Desde un punto de vista documentalista o periodístico: que va del manejo de la información, al cultivo morboso propio de la cultura de masas.
  4. Desde un punto de vista humanista y filosófico: como una muestra de las posibilidades del cuerpo, de sus afectos, decisiones e idealizaciones.

Cabe mucho por hacer desde cada una de las disciplinas anteriormente dichas. La soberanía delegada a los padres y autoridades a partir de supuestos metafísicos y teológicos está arraigada en las instituciones tradicionales como la familia y todas las demás instituciones del Estado. Pero la soberanía inicia en el cuidado del cuerpo individual, y en dicha empresa, el único que gobierna es uno mismo. Con todo, cedemos tradicionalmente esta soberanía a otro institucionalmente responsable, y con ello, dejamos que una autoridad empoderada decida sobre nuestro propio cuerpo. Si entendemos por soberanía al derecho que tiene una persona para elegir a su amo o gobernante, podríamos pensar que un individuo o ciudadano cede su derecho al autogobierno y autoprotección para tener el menor daño posible, y con ello, el mayor éxito de sobrevivencia. Pero los modelos de protección tradicionales están hechos bajo el supuesto de que el exterior es lo que vulnera la integridad del individuo, por lo mismo crean una especie de esfera de inmunidad en cada uno de los rubros necesarios para el desarrollo y maduración del mismo: inmunidad sanitaria, biológica, social y política son necesarios para que el individuo padezca el menor impacto. Los supuestos que rigen a dicha unidad nuclear son los siguientes:

  1. Que se mantiene como unidad.
  2. Que se protegen del exterior y entre sí los miembros que la componen.
  3. Que se satisfacen las necesidades alimentarias, de sentido y de hogar.
  4. Que cuidan la salud de sus integrantes.
  5. Que permiten y respetan el desarrollo de los individuos con sus características propias.

Algunas veces, la esfera creada por el modelo nuclear desarrollan como medios de protección actitudes hacia el exterior que no comprendemos del todo, sobre todo cuando los experimentamos desde fuera: la marginación o exclusión, la burla, el distanciamiento y la violencia pueden ser algunos de estos medios. El problema de dicho supuestos es que la esfera construida por la familia y el Estado deja de lado la suposición de que la integridad de una persona se puede vulnerar desde dentro de la misma esfera protectora.

El reino de la libertad supone que perseguimos fines que van más allá de la determinación de la naturaleza. La familia como institución surgió precisamente del hábito y la costumbre de una sociedad adaptada geográficamente a su medio. No existe obligación alguna para que el individuo se mantenga dentro de la misma. Sin embargo, los menores de edad, y en algunas culturas, las mujeres, no deciden. En dichas tradiciones, nacer con los genitales expuestos tiene sus ventajas; de otra manera, se limitan las posibilidades de elección. La libertad en el niño no existe y es una meta que se logra a futuro, con trabajo. Claro está que eso es posible siempre y cuando el individuo pertenezca a una cultura que promueva los valores democráticos y libertarios. La asimilación y el acomodo en la estructura interna del niño a partir de la externa, implica una naturalización a largo plazo de la cultura a la que pertenece, de ahí todos sus riesgos.

La soberanía delegada a un padre no es elegida por los hijos, y esto puede ser el germen de la violencia. Los cuidadores-soberanos ejercen su poder de decisión sobre la vida y la muerte de la persona que se subordina. Desde su posición de poder, cualquiera de ellos dicta como un director de orquesta, como pequeño reinado que dispone de las personas y las cosas: materia y vida pierden su libertad y son gobernadas.

No es casualidad que muchos artistas de Latinoamérica terminen por tomar al medio y a la circunstancia como lo más importante. Volvamos entonces al resultado del trabajo de investigación: la pieza resultante es un libro con el registro de la foto y el texto transcrito. No es casualidad que muchos artistas retomen a dichos temas como vías de investigación, y luego, que experimenten posibles vías de solución para su presentación en el mundo de la cultura o el arte. La imagen como testimonio está en los límites del arte: su producto es cercano al producto de protesta o denuncia, algo que no necesariamente tiene fines artísticos. Con todo, la exigencia, el estilo y los medios de expresión son propios de la historia y la teoría del arte tradición a la cual se adhiere Julieta.

El caso de Julieta es excepcional en un sentido preciso y claro. Por un lado no cae en el cliché de hacer “arte contemporáneo”, o “no representativo”, y decide hacer obra con base en las vías de investigación abiertas a partir de sus propios intereses; por otro lado, decide darle a la información que recibe del mundo un lugar que considera valioso y la vuelve parte de su obra. Sin embargo, su obra no implica una ilustración o exposición burda de las ideas consideradas como si estuvieran fuera del mundo material. Ninguna pieza que pretenda ser considerada obra de arte es hecha con una composición que exponga de manera explícita y común el tema en cuestión, si bien algunos artistas suelen caer en los lugares comunes o en las tradiciones de su época para elaborar obra, el caso de Julieta llama la atención por su atrevimiento de no seguirlas ciega y deseosamente.

 

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Aldo Carbajal es un maestro con formación en Artes (Técnico), Filosofía (Lic.), Lingüística (Mtría.) y Educación (Dipl.) dedicado particularmente al estudio de la Estética, Teoría del arte y de los sistemas semióticos en general.

*Este texto fue leído durante la presentación del libro Lesivo de Julieta García el 29 de abril de 2016.

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