SOBRE LESIVO

Lesivo es un libro de artista, un objeto de hermosa factura que, paradójicamente, guarda en su interior el horror de una violencia sistemática, manifestada en formas múltiples, explícitas o fantasmales, y que a pesar de su mutabilidad, se nutre de una semilla común, depositada en nosotros de manera casi inadvertida y cultivada con un comprometido cuidado, por la familia, la escuela, la iglesia, el Estado, es decir, las sagradas instituciones en cuyo rígido, y aparentemente incuestionable seno, fuimos formados, o deformados.

Tan remota es su autoridad e invisible su influjo que nos abandonamos sin resistencia al entramado simbólico que han tejido como mundo, en donde cada uno tiene su posición y su función, que son eternas e indiscutibles. Determinantes de nuestras percepciones y pensamientos, de nuestros discursos y prácticas. Las cosas son así, y no pueden ser de otro modo, sin el riesgo de que el mundo se desplome a pedazos y nosotros con él. Ésta es, ante todo, la primera violencia a la que, hombres y mujeres, nos vemos sometidos. Porque nos arranca la voluntad necesaria a toda liberación; porque oscurece nuestra consciencia al límite de hacernos olvidar que aquella estructura a la que dócilmente nos aferramos, como títeres a sus hilos, no es ajena a nosotros, sino una realidad construida a partir de nuestras acciones, individuales y colectivas, y que a pesar de imponerse con la fuerza de lo ineluctable para ser reproducida, también se puede transformar.

Desde luego que esa transformación no es sencilla, porque el germen que ha sido puesto en nosotros, para configurarnos del modo que somos, ha echado sus raíces muy profundas, tanto, que resulta imposible alcanzar sus orillas; se ha hilvanado con la historia de todas las culturas y se ha legitimado, a partir de sus prácticas y producciones, de sus mitos y de su ciencia.

Lesivo está integrado por seis testimonios de mujeres violentadas, Mara, Magdalena, Salomé, Tamar, Dina y Prócula; ninguno de ellos es su nombre verdadero, pero todos remiten a personajes primigenios, no se trata de una ficción arbitraria, sino de una tentativa poética para imaginar la antigüedad de la violencia ejercida sobre las mujeres, quienes, desde el principio de los tiempos, como ordenan las escrituras bíblicas, están por su propia naturaleza obligadas a desempeñar un papel de sumisión y de subordinación.

Son testimonios muy duros, cuesta trabajo leerlos sin sentir el espíritu fundido obstruyendo la garganta, sin el deseo, imposible, de atravesar las páginas hasta alcanzar sus cuerpos injuriados y borrar las huellas del maltrato con un abrazo que aliente y reconforte, que desdibuje todas las marcas del sufrimiento vivido, las que están en la piel y las que se han convertido en estigmas de culpa y vergüenza.

Porque eso es lo que se siente, además de la rabia y el miedo.

La violencia no termina con la humillación física, a ella le siguen la incomprensión y la angustia ante la incapacidad de encontrar las razones que expliquen por qué alguien puede imponer sus deseos sobre mi propia voluntad, y prescribir que sean también los míos.

En cada uno de los textos, Julieta García ha tenido el cuidado de dibujar los silencios, las pausas necesarias para leer la respiración y las cortaduras de la voz. Son historias diferentes, aunque enredadas con el mismo alambre afilado. Duele expresarlo, pero esta experiencia terrible es tan común, que se consideraría un requerimiento necesario en la educación femenina para que reconozca su lugar y lo asuma con resignación y en la sombra. Y esto es inadmisible.

Es necesario visibilizar el dolor, como han hecho con valentía estas mujeres, y muchas otras recientemente, tomando las calles y haciendo pública la experiencia de su primer acoso a través de la red. No para perpetuar su victimización, sino como condición necesaria para una real toma de consciencia, donde se devele, con toda su crudeza, la estructura perversa que fundamenta una sociedad injusta y asimétrica.

A ellas, me sumo ahora.

Es un recuerdo nebuloso, sus detalles se esconden entre la bruma de los sueños. Yo estaba de pie, frente a él, sentado al borde de mi cama. Mi estatura apenas rebasaba el límite de sus hombros. Le exigía, con toda la animosidad que puede sentir una niña de seis años, que me regresara mi cuento. Él se reía de mí, y puso como condición para cumplir mi demanda introducir su mano en mi calzón.

Accedí.

Fue un tocamiento fugaz, desencadenante de un sentimiento desconocido, mezcla de asco y de miedo. Salí corriendo hasta encontrar a mi madre en la cocina y le conté lo que sucedió. Ese pariente nunca volvió a la casa, y nunca más se habló del asunto. Ella esperaba que el recuerdo se extinguiera en el silencio del tiempo. Pero no fue así. Crecí con la culpa de mi consentimiento, con la vergüenza de no recordar siquiera el libro que estimaba, entonces, tan importante como para dejarme manosear.

Seguramente lo tenía merecido, porque como todo mundo sabe “el hombre llega hasta donde la mujer quiere”, aunque esa mujer sea una niña.

A esta advertencia categórica sustentada en un discurso dominante y, lo tenemos que reconocer, machista, se suman otras, en la escuela, en el catecismo, en el parque, en la casa, dosificadas con tan metódica profusión, que es imposible enumerarlas.

Se inscriben en la carne, como sentencias inexorables que deben cumplirse con integridad si se pretende ser una buena mujer. De lo contrario, nos convertirnos en inadaptadas, en putas o brujas. Porque en el reparto dicotómico de atributos que la cultura nos confiere, a las mujeres nos toca ceñirnos al espacio privado, ser las sumisas, las blandas, pero también las astutas y proclives al engaño, y cuenta de ello dan las canciones populares, los refranes, la publicidad, todas nuestras expresiones culturales están permeadas por esta violencia simbólica[1], sutil e inadvertida, que reproduce un sistema estereotipado y desigual, soporte de otro tipo de violencias más visibles a las que todos podemos condenar.

Por ejemplo, el diccionario de la Real Academia Española permite entrever algunas implicaciones que en el lenguaje han tenido estos patrones culturales: nos dice que un hombre de la calle, es quien pertenecía al estado llano y que un hombre público es aquel que tiene presencia e influjo en la vida social. Para mujer de la calle y mujer pública, la acepción es simple y conocida, se trata de una prostituta. Lo mismo ocurre con la mujer del partido y la mundana. Mujer de gobierno significa mujer de su casa.

El problema para reconocer la violencia simbólica radica en su naturalización. Es que no la vemos. Se oculta en nuestro lenguaje y en nuestro comportamiento, en nuestras valoraciones éticas y estéticas. Pero aunque no deja marcas como los golpes, es la más insidiosa, porque legitima y subyace tras todas las formas de violencia: física, económica, sexual, domestica, obstétrica, institucional, laboral, psicológica.

La violencia simbólica menoscaba el reconocimiento, tiene el poder de reducir el valor de una persona hasta convertirla en objeto; y a los objetos se les posee, se les marca como propios, se les determina.

Una vez, un amigo me preguntó por qué a las mujeres nos resulta molesto que nos digan cosas en la calle, “pero si se trata solamente de piropos, yo en su lugar me sentiría halagado”. No entendía que aquellos calificativos, buenos o malos, son juicios que no has pedido, y que tienes que escuchar a tu pesar. Que no esperas su deseo, ni su aprobación, ni su desprecio, porque no eres una cosa, sino que respeten tu libre tránsito en el espacio público que es tan tuyo como suyo, y por esa razón exiges caminarlo sin hacer grandes rodeos para evitar su acoso, ni tener que recorrerlo a trote con un gas lacrimógeno o un silbato en la mano, asumiendo estas acciones ridículas como precauciones necesarias para salvar tu vida.

Porque la violencia simbólica es también irracional, y cuando alcanzamos a verla se muestra absurda y grotesca. Es el caso de la exigencias estéticas impuestas a las mujeres como condición para que no desaparezcan de una sociedad donde los hombres, sin mucho esfuerzo, tienen ya su lugar asegurado. Así, todos sabemos que el cuerpo femenino es una cosa que necesita recubrir sus imperfecciones y hendiduras, ajustarse a ciertas medidas, consideradas como perfectas y despojarse, si es posible, de todas esas vellosidades repugnantes que naturalmente, como a los hombres, la revisten.

También sabemos que el cuerpo femenino es el que se desgasta con el paso de los años, el que se marchita primero. No importa que las arrugas y las canas, en unos y en otras, se dibujen donde mismo y al mismo tiempo. Las portadas de revista dicen que los hombres atractivos son los cincuentones, aunque las mujeres de esa edad, ya ni figuren en el mapa.

Tal vez, denunciar estas minucias sea para algunos una frivolidad, si se piensa que la verdadera violencia es aquella que se manifiesta en sus formas más graves.

Sin embargo, los crímenes misóginos, como la violación o el feminicidio, sólo pueden existir cuando se ha despojado a las víctimas de sus atributos humanos, cuando se les ha cosificado mediante una negación sistemática, y en apariencia anodina, ejercida por estos micromachismos[2] cotidianos.

Pero la violencia simbólica no sólo afecta a las mujeres, estigmatiza también a los hombres, y los obliga a desempeñar un papel igualmente aborrecible. Ninguno de nosotros –al menos eso es lo que decimos– queremos que continúe. Pero no basta con la simple voluntad. Porque para ir desmontando un esquema tan antiguo como la historia del mundo, se necesita tomar conciencia de muchas cosas que se aceptan como naturales y no lo son. Y es muy poco probable que nos demos cuenta así nada más, como iluminados por una revelación.

Para desnaturalizar la violencia, con el ánimo de conquistar transformaciones reales que estén presentes no sólo en el discurso, sino también en nuestras prácticas, tal vez nos toque a las mujeres visibilizar la violencia, hacerla presente, porque oculta no existe, mostrar que duele y que ya no la queremos. Quizá esta denuncia posibilite en los hombres el cuestionamiento a sus propios privilegios, que siempre se gozan a costa de alguien.

Seguramente entonces, hombres y mujeres, comencemos a desmantelar el orden de las cosas e intentemos construir una realidad sin violencia, en la que sea posible vivir en equidad. Donde tanto hombres como mujeres sean igualmente apreciados como personas, con idénticas obligaciones y derechos. Un espacio armonioso y justo en donde todos seamos capaces de desarrollar plenamente nuestra humanidad en los ámbitos público y privado. Para ello hace falta la corresponsabilidad, no solo de los hombres, sino también de las instituciones y de la comunidad en su conjunto.

Confieso que cuando leí este texto en la presentación del libro de Julieta me sentí expuesta. No me arrepentía de ninguna palabra, sino de haberlas dicho ahí. Creía que debía circunscribirme a la obra y no a lo que Lesivo me suscitaba. Pero un libro es justamente eso, lo que nos suscita. Y Julieta ha conseguido con su trabajo, no sólo la concreción de un objeto bello, sino estimular en el lector reflexiones y emociones necesarias para subvertir la violencia de género, para avanzar juntos en una emancipación que nos libere a todos.

 

[1] Consúltese en Pierre Bourdieu los conceptos: violencia, capital y poder simbólicos.

[2] Término acuñado por el psiquiatra Luis Bonino Méndez para denunciar las prácticas de violencia de género en la vida cotidiana, aquellas que son tan sutiles y de baja intensidad que no son percibidas.

 

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Jessica Cruz

Artista audiovisual. Su formación integra las artes escénicas, la informática, las artes audiovisuales y la filosofía social. Su trabajo abarca producciones multimedia, visual escenográfico, videoinstalación, cine, video y televisión. Ha participado en festivales nacionales e internacionales. Becaria del FONCA en la edición 2003 – 2004. También se desempeña como académica y asesora de proyectos artísticos en la Licenciatura en Artes de la Secretaría de Cultura.

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