SUBRAYAR

Cuando leo un libro prestado, que no puedo —o no me atrevo— a subrayar, mi experiencia como lectora se limita. Si bien sostener un lápiz no es una condición imprescindible durante mi lectura, me parece que cuando falta no consigo aprovechar el texto hasta sus últimas consecuencias o las más habituales. Todo se convierte, entonces, en un ejercicio de pura memoria que derivará en futuras evocaciones borrosas. Desearía tener un Fantasma Escritor capaz de encontrar velozmente lo que quiero, un Ctrl+F que sirviera en papel para realizar búsquedas eficaces.1 Lo mismo pasa cuando el libro es mío y olvido con qué rayar, pero en este caso tengo la oportunidad de volver a él, ahora sí, con un lápiz y sobrevolar —cuando no releer— las páginas en las que podría hallar esas palabras perdidas y guardarlas, ponerlas a disposición de mi antojo para nada más estirar el brazo.

Tengo la idea de que, cuando subrayo, mis asociaciones posteriores en torno a lo leído son más precisas, que las palabras se remarcan en mi mente siguiendo mi propio trazo; no me queda duda de la atención que les presté, y esa certeza, junto a su garantía en lápiz sobre papel, concede seguridad al recuerdo. Es como si esas remembranzas literarias, pese a ser materia de la conciencia, estuvieran atadas a la tinta impresa y el cercado en grafito. Marco el papel como una forma de mnemotecnia. Pero creo que mi tendencia a subrayar va un poco más allá del hecho de que soy una lectora olvidadiza. Si recordar fuera mi única o principal motivación a la hora de intervenir con líneas un libro, no me preocuparía mucho la posibilidad de que alguien viera mis subrayados. Lo que decidimos marcar en un libro da cuenta de nosotros; esas líneas son evidencias de lectura, rastros del lector, pistas para reconstrucciones banales pero fascinantes. El subrayador es un seleccionador de hallazgos, un antólogo; un plagiador sin malas intenciones, modesto y silencioso. Subrayar, transcribamos o no, es reescribir; cada línea deja oír bajito nuestro propio registro en palabras de otros.

Un amigo me regaló un libro con sus subrayados; tuve, entonces, dos textos bellísimos. A eso debía agregar mis subrayados que, por temor a confundir con la generosa añadidura, tuvieron un trazo muy tenue. Si el libro me hubiera pertenecido desde un principio, mis marcas habrían sido mucho más enérgicas, pues no cabría duda respecto a su autor, su creador. Hay creación al subrayar.

Me simpatizan quienes tienen la desvergüenza de rayar los libros de la biblioteca. Esas personas dispuestas a distraer la atención de los otros con su torpeza delineada presumen una de por sí admirable capacidad de apropiación de lo ajeno —¿o lo de todos?—; no importa si se saben buenos o malos seleccionadores, marcan sin pudor. Quizá se les dificulta localizar en la página el fragmento que desean transcribir; o los muy soberbios están decididos a condicionarnos la lectura con sus líneas irregulares, topos manuales, comentarios y otros garabatos. Los más considerados se preocupan por borrar sus marcas. Claro que, si lo consiguieran, no podríamos hablar de sus buenas intenciones.

Según se aprecia en el arcoíris ejemplar del Ulises de Joyce que, aseguran algunos, le pertenecía a David Foster Wallace,2 los límites del subrayado y la marginalia dependen, en buena medida, del tamaño de la hoja, la cantidad de plumas de colores que tengamos y nuestro propio sistema de signos —una adaptación de lo observado en libros que nos han prestado, incluidos los de la biblioteca—. Así como un extranjero marca en su mapa o libreta las ciudades que ha visitado sin reparar mucho en aquellas que sólo vio de paso, el subrayador señala palabras que le generan comprensiones especiales —acerca de ellas mismas, del asunto que tratan y de lo que le recuerdan—; son palabras lo suficientemente sugestivas como para merecer visitas posteriores. La línea en el papel las conecta con nuestro texto interno; es un registro de nuestro viaje por ellas, una ruta de reconocimientos.

Fabio Morábito cuenta en «La vanidad de subrayar» que un amigo suyo con gran potencial para la escritura era incapaz de ponerla en práctica; tenía, en cambio, la manía de subrayar cualquier libro suyo: «Subrayaba de manera compulsiva como un sustituto de la escritura misma».3 Morábito cree que esa compulsión era lo que le impedía escribir. Esclavo del lápiz, debía subrayar todo aquel libro que, por pertenecerle, admitía —exigía— sus líneas entrometidas; su experiencia como subrayador reprimía cualquier intención de escribir y publicar; no deseaba ser un escritor subrayado, temía la manera en que sus palabras podrían ser discriminadas por el lápiz del lector. Yo creo que a ese amigo le bastaba lo que leía, no tenía necesidad de escribir; tal vez logró complacerse lo suficiente con sus libros como para no tener más qué decir; o quizá no tenía oportunidad de escribir o de escribir lo que él quería. Cuando hay más tiempo para leer que para escribir, nos queda subrayar: escribir para adentro.

Cuando subrayo me pregunto si soy una buena lectora; si en realidad es relevante lo que señalo; si no estaré subrayando demasiado —cuando casi todo me parece subrayable—; si el siguiente año marcaría lo mismo. Supongo que estos asomos de inseguridad son lo que me lleva a usar lápiz en lugar de pluma o marcador fosforescente: «El lápiz es para los débiles», decía un profesor de la universidad, para los enemigos de lo definitivo; por eso lleva adherido a él un borrador. Es perfecto. (Luego veo en mi Kindle las frases más subrayadas por los lectores del libro en turno y la inseguridad desaparece). A veces tengo el impulso de ofrecer prestado un libro, pero enseguida recuerdo que está lleno de líneas y texto al margen, y la vergüenza me contiene. Mis subrayados son intimistas y privados. Por eso no llevo un diario; si llevar un diario, independientemente de la periodicidad que demanda, es escribir para uno mismo, subrayar ha significado para mí eso.

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1 El Fantasma Escritor es una entidad invisible que, en la serie de televisión Fantasma Escritor (transmitida en Discovery Kids Latinoamérica en los noventa), se comunica por escrito con un grupo de niños que resuelve misterios.

2 El ejemplar del Ulises de James Joyce que supuestamente subrayó y comentó David Foster Wallace puede verse aquí:

http://housingworksbookstore.tumblr.com/post/85926591660/caldoyle-david-foster-wallaces-annotated-copy

3 «La vanidad de subrayar», de Fabio Morábito, puede leerse en la versión descargable —incompleta— de El idioma materno (Sexto Piso, 2014) aquí: http://ep00.epimg.net/descargables/2014/11/05/4998f5575c5cab6f221065eb31012b67.pdf

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Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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