TIEMPO LIBRE

Me producen mucha curiosidad las personas disciplinadas. Pese a los reclamos de mi desorden viejo y entrañable y aunque tiendo a pensar que sacrifican grandes oportunidades de consentirse, he llegado admirarlas —incluso a imitarlas—. Me entusiasma la idea de que la organización favorezca la obtención de tiempo libre. (Es lo que predican cuando uno los cuestiona con escepticismo).

En los últimos meses, más condicionada por la cantidad de trabajo y tarea que por aquel entusiasmo, he experimentado la disciplina inevitable: el «o te organizas o te organizas». Ni el desorden ni la holgazanería han sido opciones; sucumbieron ante el miedo al deadline, mi principal motivación. Trabajar en revistas convierte el tiempo en una cláusula de verdad temible. Y aun así, a veces, muchas veces, las horas no alcanzan.

No obstante, todavía confío en quienes dicen que la vida ordenada guarda esa bondad; me parece que es muy pronto para desacreditar su rara amistad con el tiempo libre. Creo que ahora mi problema no es precisamente de organización sino de exceso de trabajo: priorizo según el calendario, la dificultad y la extensión de los asuntos, y no consigo dormir más de cuatro horas diarias; mucho menos entregarme al ocio.

La situación me preocupa. Si estudio dentro de una institución y trabajo, por satisfactorio que pueda ser de vez en cuando, es porque aspiro a dejar de hacerlo o a hacerlo con menor asiduidad e intensidad y con mayor esmero: «Así como la paz es el fin de la guerra, la condición ociosa es el fin último de estar ocupado», dice Samuel Johnson en «El carácter del ocioso»,1 y estoy de acuerdo. Sueño con una jubilación prematura, con tiempo para leer mucho, escribir mucho y caminar mucho, entre un montón de cosas que deberían abundar en la vida —de quien así lo desee—.

Procuro, entonces, repetirme lo detestable que sería normarme estrictamente en función de los deberes, ser disciplinada, si es que serlo significa eso. Pero tampoco estoy dispuesta a colmarme de estas actividades en función del ocio como si éste fuera un oasis en lugar de un jardín aledaño. Una vida ordenada debería contemplarlo como algo importante y constante.

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Los homenajes a Juan José Arreola resultaron muy oportunos. Leo por casualidad esa confesión melancólica que hace en «De memoria y olvido», sobre el tiempo que no destinó a la escritura: «No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla».2 Pienso en el tiempo para leer. Creo que he leído más textos académicos, científicos y periodísticos que literarios. A diferencia de quien estudia literatura y cuyas actividades universitarias y laborales suelen implicar la lectura de estos últimos, mi aproximación a ellos siempre ha estado condicionada por el tiempo libre. Y mis horas libres no le pertenecen por completo a la lectura.

Sí. Creo que si hubiera estudiado literatura tendría mayor oportunidad de leer por puro antojo, más allá de las funciones didácticas —que también me placen—. Sin embargo, aprecio —y lo digo sinceramente— el acercamiento a la lectura que mis decisiones académicas han hecho posible, incluso cuando ha sido una forma de resistencia. Mis lecturas más importantes guardan una relación estrecha con mi inconformidad, tanto porque la tratan como porque termino dirigiéndolas hacia ella.

 

1 «El carácter del ocioso», de Samuel Johnson, puede descargarse aquí: www.uam.mx/difusion/…/59…/casa_del_tiempo_eIV_num_59_63_65.pdf. (Traducción de Pablo Duarte para Contra el trabajo, de Tumbona Ediciones).

2 «De memoria y olvido», de Juan José Arreola, puede leerse aquí: http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=160&limitstart=2

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Debra Figueroa
Escribe en Proyecto Diez y corrige en Divague. Estudia Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara.

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