UNA CASA

Impronta Casa Editora es una editorial fundada en el verano del año 2014, que derivó del trabajo hecho por Taller Ditoria en la ciudad de Guadalajara (la Colección del Semáforo, un ejercicio editorial de cuatro años). Con las mismas máquinas —casi antigüedades— se hacen libros tipográficos, con tipos móviles y linotipia. La idea es hacer libros como se han hecho desde Ottmar Mergenthaler, inventor del linotipo en el siglo XIX, hasta antes de la llegada de la era digital, a mediados del siglo XX. Se pretende retomar el arte del libro que se ha dejado de lado en la inmediatez de las manufacturas masivas y el libro digital y así regresarle al libro, en cierto modo, su cualidad de objeto y la experiencia sensorial que implica la lectura.

Este proyecto editorial llegó a establecerse dentro de una casa, con dirección Penitenciaría 414, entre La Paz y Libertad, que resultó muy holgada para el ejercicio de hacer libros. Se fueron sumando posibles actividades que se acercaran desde distintos ángulos a este órgano principal que es el trabajo artístico y literario que encapsula un libro. La propuesta de la editorial es, como su nombre lo dice, habitar una casa donde el espacio permita una pluralidad de actividades culturales independientes. Casa Impronta, además de albergar la editorial y ser un taller-museo abierto al público, ofrece servicios de diseño e imprenta especializados, imparte talleres de oficio de arte tipográfico y gráfico, acoge artistas, impresores y aficionados que vienen a trabajar en proyectos propios. La casa, lugar plural de convivencia, también alberga una librería, una galería de arte y una cafetería.

Una casa es un espacio para ser habitado por un grupo fluctuante de gente; pero también por objetos pesados o livianos, por papeles, botes de tinta, hilos; por tres árboles en su patio central. Una de esas casa viejas en la periferia del centro histórico, en donde las capas del tiempo son visibles: una fachada y primera parte de principios del siglo pasado —con techos altos, arcos y herrería ornamental—; una segunda sección de mediados del siglo pasado —techos bajos, espacios más segmentados y funcionalistas—; y un último espacio yuxtapuesto, de hechura contemporánea. Esta superposición temporal que soporta la casa, su edificación, también está presente en la otra casa, la más abstracta, que es la editorial.

La edición de estos libros (¿o de todos los libros impresos?, algunos todavía lo dudan), que tardan meses en hacerse, parecería un ejercicio anacrónico. En el mundo del tráfico de palabras, contamos con plataformas que nos dan lecturas de manera instantánea, el libro digital o soportes instalados en internet, y con técnicas ágiles de impresión, como el offset. El linotipo es casi tan rápido como una computadora, argumenta Don Rafa, el linotipista que forma nuestros libros, pero lleno de mecanismos complicados que quedan a la vista. Ante esto, se instala la duda: dónde queda hoy la impresión de líneas y letras en metal, ese paso anterior a la llegada de la impresión digital.

La edición de estos libros parecería no sólo un ejercicio anacrónico, o necio, sino un ejercicio con futuro sombrío. La comercialización del libro —especialmente de este tipo de libro de manufactura costosa, tardada y laboriosa— es un tema desafortunado. Un poco para contrarrestar esta situación, pensamos que una manera de albergar y compartir nuestro gusto por hacer libros sería haciéndolo en un espacio público, en una casa pública donde intervengan muchas manos en distintas disciplinas. Una casa tiene cuartos para actividades variadas, y en sus habitaciones se vive a diferentes horas del día.

A pesar de todo, se avanza y se imprime. La ventaja de una casa es que uno se puede refugiar y atrincherarse en ella.

Impronta Casa Editora/AH

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